sábado, 14 de enero de 2006

¡Habana Club, Compa!



¡Habana Club, compa!


Nadie hubiera pensado que el periplo fuera a terminar allí al lado de la catedral, un jueves cualquiera a las ocho y media de la noche. Mi amigo había hecho bártulos hacia la capital de “los paisas” dos años antes, con su mujer y los niños, en búsqueda de la especialización a sus conocimientos médicos. No sé porqué la invitación era repetitiva y monorrítmica, el Ron de la Habana, al verdadero estilo cubano, con trozos de hielo, y, claro, la Coca cola clásica, no estaría de más unas rodajas de limón y la luz tenue cayendo sobre la mesa de madera cruda. Un cuba libre nocturno, libre, suelto para pensar no importa qué y para hacer lo que fuere necesario.

Entró haciéndole un engaño a las sombras como quien hubiera estado acostumbrado a hacer grandes faenas en medio de la noche. El muchacho le hizo el quite como muchas otras veces y el amigo hizo un ademán sutil con el borde de los dedos de su mano derecha invitándome a seguir. No iba a demeritar el tercio y por ello de una vez por todas me fui de bruces hacia el fondo solamente dejándome guiar por el espasmo somnanbulesco de su espalda que surgía y desaparecía al compás de las luces o, posiblemente, de la música. Sol y sombra como en los mejores tiempos de la Feria de Manizales en los días del famoso dicharachero aquel, un tal Riverita.

Ya sedimentados los afanes y las invitaciones en los taburetes de cuero y el áspero contorno de la mesa, no quedaban sino las palabras del reencuentro, el color negro de la mezcla etílica, ese olor suyo tan preñado a malecón y pescado y los recuerdos. El ron había perdido su color original pero había adquirido un olor particular que fijaba por adelantado su distancia a mi pasado como asegurándome que lo que sucediera esa noche tenía que ser forzosamente inédito. Al momento se oyeron nueve campanadas como invitando al sueño a todos los parroquianos. Pero al fin y al cabo, ¿A qué vine a la villa?, ¿A rezar?, ¿A implorar misericordia divina para este locuaz interlocutor que se pregonaba sutilmente descreído de las enseñanzas maternas?, ¿A predicar un mundo que yo mismo desocupé porque lo sentí en su momento vacío y yermo?, ¿A irme rápidamente al hotel por los simples argumentos de unas manecillas de reloj que indicarían la hora de ir a la camita como niño obediente y crédulo? No. Los campanazos nos hicieron nudo en la garganta al paso de esa hermosa caricia líquida, nos envolvió el materialismo histórico de esa Habana detenida en el tiempo, con sus coches viejos de colección sueltos por las calles estrechas, la infraestructura sólida de los pasos de Fidel en la isla. El ron y el limón se nos metieron a los sentidos y el pensamiento empezó a fluir libre entre las palabras.

Divagamos por regiones lejanas pero siempre acogedoras, nos dimos un abrazo en la puerta. El “garçón” hizo un guiño con su mano y apenas se desperezó a nuestro paso para caer de inmediato en el sopor del ron pues parecía que el efecto que obraba en nosotros llegaba a la calle por finísimos e invisibles vasos comunicantes y había embriagado la ciudad.

Popeye el marino

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