viernes, 6 de enero de 2006

El regreso del Aymara

Por William Ospina


Enviado por Rodrigo Restrepo

Tomado de "Cromos"

En América Latina, el año 2006 ha comenzado este 18 de diciembre con la elección de Evo Morales como presidente de Bolivia. Sorprende que la elección de un indígena en un país donde los indios son el sesenta por ciento de la población cause tanto recelo y escozor.

El mundo, que es naturalmente asombroso, también está lleno de asombros artificiales, nacidos de intereses precisos. Por eso la prensa continental abundó en alarmas en vísperas de la elección de Morales, prediciendo catástrofes, presagiando la secesión del país, preocupándose más por la reacción de las multinacionales del gas que por la voluntad de las mayorías bolivianas. Es como si la información de muchos medios no se propusiera tanto enterarnos de lo que ocurría sino crearnos un malestar con lo que iba a ocurrir, o acaso impedirlo.
Cumplida la elección, todos se ven un poco más moderados. Evo Morales parece haber recibido un respaldo muy amplio y haber consolidado su mayoría en el Congreso, lo que le permitirá echar a andar importantes reformas. En Bolivia se han visto grandes cambios en pocas décadas, y algo que era casi impensable hace medio siglo hoy es casi natural. El poder de los indígenas es evidente y saludable, y un día habrá desaparecido la tradición de los pogos, esos indios sometidos a la más humillante servidumbre, que tienen que dormir en el suelo, a las puertas de la habitación de sus amos, por si a éstos se les ocurre a altas horas algún capricho que deba ser atendido en el acto. Son el equivalente en nuestras tierras de la casta de los intocables en la India, y sólo habremos ingresado en la democracia real cuando esas infamias hayan desaparecido.
De modo que este año que perpetuó la sucia guerra contra Iraq termina con una buena noticia, al menos para quienes creen verdaderamente en la democracia, que consiste, aunque muchos lo olvidan, en que las mayorías tienen derecho a escoger no sólo a sus gobernantes sino sus programas de gobierno. La grandeza y la dignidad del México moderno comenzaron cuando un presidente indígena, Benito Juárez, fue elegido en la segunda mitad del siglo XIX. Muchos vieron aquella irrupción de los indígenas en la administración como un pecado, porque sobrevivían las leyendas de la conquista, según las cuales todo lo europeo es superior, y todo lo americano es rústico y salvaje. Napoleón III intentó poner a la cabeza de los mexicanos a un príncipe rubio de la casa de Habsburgo-Lorena, lo que precipitó la guerra de resistencia y la ejecución de Maximiliano en Querétaro.
Tal vez con la llegada al poder de un aymara empezaremos a tener noticias de ese país cercano y desconocido que está a punto de volver a ser rico, gracias a sus enormes yacimientos de gas. Es posible, incluso, que esa riqueza, no quede en manos de unos cuantos empresarios y burócratas sino que sea invertida en beneficio de una población siempre humillada y postergada. Es escandaloso saber que los gobernantes y los dueños de Venezuela se apoderaron en pocas décadas del equivalente de tres planes Marshall, sin que una pizca de esa riqueza llegara a la gente pobre cuyos ranchos crecieron por los cerros de Caracas escalonando sus terrazas y sus niveles de tal modo que hoy la fractalidad de la miseria urbana alarma y sobrecoge.
Los poderosos de América Latina no parecen haber sabido nunca en qué mundo vivían, qué mundo construyeron con su egoísmo y su indiferencia. Y son las gentes humildes del continente las que están teniendo que tomar la iniciativa para tratar de contener la catástrofe que se gesta en los campos y en las rancherías. Los escabrosos niveles de violencia, la marginalidad de las gentes, la desesperación de los jóvenes, la falta de un proyecto de vida para millones de personas, la miseria que crece y se ramifica, la indigencia, la basura, la delincuencia, todo lo que podemos observar en esos grandes documentales sobre los desconocidos barrios negros de Montevideo, en películas como Ciudad de Dios, sobre la violencia juvenil en las favelas de Río de Janeiro, en las películas de Víctor Gaviria sobre las barriadas de Medellín, todo eso exigía un viraje frente a la política obtusa de los poderosos.
LOS PODEROSOS DE AMÉRICA LATINA NO PARECEN HABER SABIDO NUNCA EN QUÉ MUNDO VIVÍAN, QUÉ MUNDO CONSTRUYERON CON SU EGOÍSMO Y SU INDIFERENCIA.

A ese viraje corresponde sin duda la elección de Chávez en Venezuela, de Kirchner en Argentina, de Tabaré Vázquez en Uruguay, de Lula da Silva en Brasil y ahora de Evo Morales en Bolivia. El 2006 parece anunciar también la elección de López Obrador en México y la consolidación por primera vez en su historia de un gran bloque de países latinoamericanos con agenda propia, más preocupados por su gente que por quedar bien con el gobierno de los Estados Unidos y con el gran capital multinacional. Parece que estamos aprendiendo que la prioridad en todo el mundo debe ser la gente, sus necesidades, sus sueños, su dignidad. Y no es pequeño el aporte para que éste movimiento de dignidad se consolidara, de la inhumana y cínica aventura neoliberal que convirtió en negocios a los servicios públicos, y que quiso cambiar a los seres humanos en piezas ciegas de un mecanismo económico frío y despiadado. Como siempre ocurre, son los esfuerzos adversos los que más eficientemente logran el ideal de la unión. Como decía un personaje de Byron: "Cuánta falta nos hace ese tirano: nadie nos unió como él".
Bolivia, grande desde los tiempos de Tiahuanaco, la ciudad de piedra labrada y de monolitos gigantes; el país del aymara, la misteriosa lengua cuya matriz permite mediar en la traducción entre todas las otras lenguas; el país cuyo cerro de Potosí envió un río de plata para construir la Europa moderna; el país que identificamos con los altos macizos andinos en cuyo centro está inmóvil el mar más alto del mundo, la flor azul del lago Titicaca, pero que tiene otra mitad de su territorio en las cálidas llanuras de Santa Cruz de la Sierra; Bolivia, el país de las misiones jesuíticas; el Alto Perú de las canciones; el país de Pedro Domingo Murillo; el país que lleva el nombre de Bolívar; el país que tuvo costas sobre el Pacífico y las perdió en las oscuras guerras del siglo XIX; el país de la ciudad asombrosa, La Paz, que desciende en remolino desde las altas planicies amarillas, entre el cerco de dientes blancos de las grandes montañas, y a los pies del nevado y sagrado Illimani, ha escogido por primera vez en su historia a un hombre de su entraña para que lo conduzca hacia el futuro.
Hace siglos Túpac-Catari, el jefe de la gran rebelión, el descuartizado, gritó al borde de la muerte su profecía: "Volveré, y seré millones". Tal vez no sobre, siquiera como un saludo a las esperanzas de un pueblo, repetir aquí las palabras de la declaración de Independencia de ese país hermano: "Hasta aquí hemos tolerado una especie de destierro en el seno mismo de nuestra patria; hemos visto con indiferencia por más de tres siglos sometida nuestra primitiva libertad al despotismo y tiranía de un usurpador injusto que, degradándonos de la especie humana nos ha reputado por salvajes… Ya es tiempo, en fin, de levantar el estandarte de la libertad en estas desgraciadas colonias, adquiridas sin el menor título y conservadas con la mayor injusticia y tiranía. Valerosos habitantes de La Paz y de todo el imperio del Perú, revelad vuestros proyectos para la ejecución; aprovechaos de las circunstancias en que estamos, no miréis con desdén la felicidad de nuestro suelo, ni perdáis jamás de vista la unión que debe reinar entre todos para ser en adelante tan felices como desgraciados hasta el presente!".

PARECE QUE ESTAMOS APRENDIENDO QUE LA PRIORIDAD EN TODO EL MUNDO DEBE SER LA GENTE, SUS NECESIDADES, SUS SUEÑOS, SU DIGNIDAD.

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