domingo, 8 de enero de 2006

DOÑA SÓTERA



DOÑA SÓTERA.
Oscar Robledo Hoyos.


Esa tarde las muñecas negras que aún dormían en los empolvados estantes del viejo almacén conservaban el mismo e idéntico lugar. Regresé tres años después cuando era deporte nacional el “blanqueamiento” de las fortunas provenientes del narcotráfico. Todo estaba en venta y todo estaba en vía no de cambio radical sino de apariencia. Las antiguas hijas del carnicero que se distinguían en el colegio por ser las gordas boterianas de Don Aniceto Amarilis eran las sílfides anoréxicas del gran inversionista. El conocido cargaladrillos del gamonal regional era por ese entonces el exitoso profesional de la medicina, el prestidigitador de las EPS y el gran Hipócrates omnisciente. En cada esquina se montaban negocios relámpagos en donde se remataba todo a cinco mil pesos o se vendían chaquetas importadas y abrigos son cuello de armiño, todo por la módica suma de veinte mil.

Doña Sótera estaba allí o más bien, allá al fondo, en la sombra conversando con las vecinas o discutiendo los asuntos de la mesa con la sirvienta que había bajado un momentito que se alargaba al infinitum. Pocas personas se atrevían a entrar en este laberinto de frascos, alcancías de viejos Budas gordiflones, vestiditos de primera comunión, hebillas para zapatos, cuadros del ángel de la guardia, la Pata Sola y La Mano Poderosa, espejos a granel, medias y cuantas baratijas se pudieron rematar en los almacenes de Medellín para alimentar la necesidad y curiosidad de los campesinos que salían los días de mercado. El polvo y el sol eran los reyes absolutos del negocio sobre todo a partir de las cinco de la tarde cuando entraban los rayos de refilón por entre las vitrinas. Entonces sacaba Doña Sótera unos mantones oscuros que colgaba a media asta de clavos en los marcos de las puertas. Entrar entonces era introducirse a la cueva de Montesinos peleando con fantasmas acechantes en las sombras y arriesgarse a una batalla incierta en medio de voces perdidas, telarañas o murciélagos rasantes en la mejor edición de Harry Potter. Para ese momento todavía le sobrevivía aunque languidescente don Narciso su tercer marido. En el pueblo se había regado el cuento que era la mismísima Silla Eléctrica pues varón que se aventurara en sus afectos era candidato inexorable al cementerio. El primero fue un carnicero famoso que murió de flojedades variopintas del intestino, el segundo de nombre Gildardo murió de fiebres altísimas en noches de apariciones de la Virgen y Busiraco, el tercero que era el que estaba a su lado había aterrizado en el pueblo proveniente del Doncella había empezado a sufrir de temblores cataclísmicos y apenas con la ayuda de la muchacha podía subir las escaleras que llevaban al segundo piso en donde en una pieza que cubría todo el frente de la casa se desenvolvía la cámara nupcial o “mortuoria”, con tapetes rojos, baldaquino y mosquitero, sobre la cama que ocupaba el centro geométrico de la misma.

Si; fue luego de tres años que volví a éste pueblo perdido en las montañas. Rápidamente Doña Sótera me puso al día en las noticias. La cargazón de flores y enredaderas sobre la fachada que cubría al unísono todas las residencias y negocios de la plaza era iniciativa del alcalde para “hermosear” las fiestas municipales. Estaba nuevamente soltera y en búsqueda de nuevos pretendientes pues era de conocimiento general que poseía además de la casa, la renta de un negocio, el almacén, un enorme solar que daba a la otra calle, una finca cafetera y algunos títulos valores, le había caído la décima enfermedad lo que ponía a soñar en una herencia “contante y sonante” al afortunado que la hiciera subir nuevamente las gradas de la iglesia. Doña Sótera me explicó que sufría de tensión arterial alta, disfunción de la tiroides, taquicardia crónica, hernia gástrica, diabetes, taponamiento de arterias coronarias. Además de cuatro intervenciones quirúrgicas “ultimadamente” , los médicos le habían diagnosticado cáncer en el estómago.

Tengo que decir que me dio pena la larga letanía de males de Doña Sótera que parecía gozar de las patologías tanto como de sus tres maridos y el cuarto en proyecto, pero lo que me impactó de veras fueron unas rubias muñecas Barbies en la vitrina que da a la calle. La indagué sobre el riesgo de las nuevas inversiones y su espíritu empresarial a la última moda. Me contestó maliciosamente: “Mire Usted, la cosa es sencilla, las muñecas son las mismas de siempre lo que pasa es que el sol, el polvo y el tiempo me han hecho el milagrito”.






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