viernes, 9 de diciembre de 2005

Milonga





A Tulio Marulanda se le puede calificar en términos estéticos y metafóricos como un personaje; pocos como él logran reunir en el mismo empaque tres características que siempre se esperan de los seres humanos comprometidos con la bohemia creadora: capacidad de relatar con gracia una historia, inteligencia para interpretar una situación y habilidad para desatarle la imaginación hasta al más tarúpido de los mortales.
Varios viernes atrás, mientras tarareábamos un tango, sentados alrededor de la barra de la cantina de Mónica Vélez, Tulio citó sin ningún preámbulo una frase de Confucio: " El mundo cambiaría si a cada uno se le llamara por su verdadero nombre".
Quizá sospechando - como Freud - que la sociedad reposa sobre un crimen cometido en común, Tulio inició esa noche la tarea inaudita de bautizar con verbos a los mortales: - Buenas noches señora reconocida por prevaricar; dijo entre dientes mientras imaginaba el inicio de un diálogo sobre asuntos relacionados con la administración pública - Como está usted caballero conocido por apropiar ; continuó respondiéndose hasta armar una caricatura completa de la situación.
Los políticos y los académicos, blancos y negros de la ciudad pasaron por la pila bautismal del padre Tulio. Al fondo del salón, las parejas bailaban con pasos marcados en las academias de tango.
Al final de la noche, tal vez advirtiendo las delicadas asociaciones entre lo abyecto y lo sublime, ubicándose en el límite de su propia historia y probablemente impulsado por el vuelo de una milonga sinfónica, Tulio decidió iniciar de nuevo el sacramento: - Buenas noches señoras reconocidas por prevaricar contra el deseo; gritó desde la barra; - Hasta luego caballero conocido por apropiar locuras, le respondió una mujer sin mirarlo.
Esa madrugada, como casi siempre, se fue a su casa cargado de buen humor.
Mario

1 comentario:

Rodrigo dijo...

Estoy seguro que la respuesta de la señora a Tulio se convertirá en otra bella historia, pues él sigue «empeñado»