lunes, 21 de noviembre de 2005

La Ley 100 y mi ojo


Por
Juan José Hoyos

Periódico El Colombiano. Nov 20 de 2005

Enviado por Rodrigo Restrepo


La Ley 100 que reformó el sistema de salud en Colombia me ha costado un ojo. No estoy exagerando. Por fortuna no he quedado completamente ciego gracias a los buenos oficios de médicos con alma que me han ayudado. Pero hace dos meses que tengo hinchado mi ojo derecho por culpa de una cirugía. Me la hicieron en una IPS, debido a los efectos secundarios de una droga que contenía esteroides. Puedo ver todavía la luz del sol, pero a veces me duele tanto mi ojo que en mitad del día tengo que refugiarme en algún corredor o debajo de algún árbol, buscando la sombra. Y tuve que comprar otra vez unas gafas de lentes negros. Además, me ha costado mucho volver a leer? Soy periodista, y escribo, y trabajo cada día con mis ojos.

Desde la cirugía, mi único alivio -además de algunos analgésicos- han sido esas gafas que me protegen del sol. No me ha matado un carro atravesando una calle porque Dios existe.
Esta semana hasta pensé en conseguir un perro pastor alemán entrenado para guiar ciegos porque Pepe no ha podido aprender a atravesar las calles muy congestionadas, a pesar de que es un Beagle demasiado inteligente. Y yo a veces, ya, no veo los carros, sobre todo después de las cinco.

La historia de mi ojo empezó con la droga para una alergia que me afectó el cristalino.
Primero me sacaron el del ojo izquierdo. Luego, el del derecho. A cambio, me implantaron dos lentes intraoculares que tuve que pagar casi del todo con dinero de mi propio bolsillo. Por fortuna, Dios y la vida no sólo me han dado amor. También me han dado amigos como una oftalmóloga llamada Olga. Hace unos días fui a visitarla y me vio con las gafas negras. Entonces le conté lo de la cirugía. Ella me pidió que fuera a su consultorio cuanto antes para revisarme con unos equipos de diagnóstico especializado.

Cuando acabó de examinarme, me dijo que la presión interna de mi ojo estaba demasiado alta. Enseguida me preguntó: "¿Y hace cuánto tiempo fue lo de tu cirugía?" Yo le dije: "Dos meses". Ella me volvió a revisar. "Dios mío" dijo. "Pero si ni siquiera te han quitado los puntos". Me pidió que me quedara quieto, tomó unas pinzas y ¡zas! Luego me mostró el pedazo de hilo quirúrgico y me recomendó que suspendiera las gotas que me habían recetado porque contenían esteroides y eso hacía que la presión de mi ojo se elevara más. "Y creo que ya tenés una opacidad" me dijo luego, preocupada. Y me mandó enseguida para la IPS. De allá me enviaron a la sección de urgencias de una clínica que estaba abarrotada de gente. Me atendieron después de cuatro horas en las que les cedí gustoso mi turno a varias personas que tenían el dolor dibujado en sus caras: puros pacientes de IPS, de Ley 100. Un niño con un trauma. Un trabajador al que su hija llevaba casi arrastrado porque él no podía caminar. Una anciana con muletas.

En un comienzo, la oftalmóloga que me atendió no entendía lo que yo le decía. Tuve que mostrarle los papeles que llevaba. Afuera había una fila de más de diez pacientes. No sé cuántos más había atendido esa tarde. Además, la estaban llamando de urgencia para una reunión de la IPS. "Ojalá todo esto no haya derivado en un glaucoma", me dijo después de revisarme un largo rato con toda clase de aparatos. Al final, me remitió adonde otro especialista. Yo salí de la clínica con los ojos llenos de lágrimas.

Durante toda la semana he estado de IPS en IPS y de clínica en clínica. Estoy tomando más de siete drogas (tres de ellas he tenido que pagarlas porque no están en el POS).

Ya mi ojo no me duele tanto y se ha deshinchado. Pero por dentro sigo con la misma sensación de estos dos meses: es como si me estuvieran clavando un alfiler dentro del ojo.

Hace un tiempo, en un congreso organizado por los estudiantes de la Escuela Nacional de Salud Pública de la Universidad de Antioquia, el médico Luis Fernando Duque, un experto en estos temas, dijo que el principal problema de Colombia no es la guerra, sino el desastre ocurrido con la salud colectiva, que después de la promulgación de la Ley 100 ha dejado de ser un servicio para convertirse en un negocio. El ex rector de la Universidad de Antioquia mostró en una pantalla varios cuadros con una lista casi interminable de miles de colombianos que se han quedado sin asistencia médica desde que el Congreso de la República aprobó la Ley 100; de los cientos de hospitales públicos que han tenido que cerrar sus puertas porque este gobierno no ha cumplido con su obligación de proteger el derecho de la gente a la salud; de los miles y miles de niños que han muerto por falta de protección inmunológica contra enfermedades que la humanidad ya derrotó hace décadas? y todo porque el Estado ha abandonado muchos de los programas de vacunación masiva. Oyendo hablar al doctor Duque de estas cosas, sentí rabia. Cuando abandoné el auditorio de la Esap, pensé que en medio de esas cifras de escándalo, yo era un privilegiado porque estaba protegido: al menos tenía una EPS o IPS o no sé cómo se llamará.

Después de la historia del ojo he cambiado de parecer. Con la Ley 100, a veces ni los colombianos con IPS o EPS estamos protegidos. Reconozco que el último gobierno de Colombia ha tratado de solucionar algunos de los problemas que se habían venido acumulando en las últimas décadas, como el de la guerra. Pero hoy me digo a mí mismo: se necesita no tener corazón, ni grande ni pequeño, para permitir que ocurra una catástrofe social como la de la salud, que hoy es un asunto de vida o muerte para millones de colombianos pobres.

Por eso quiero acabar esta historia diciendo: si yo tuviera una finca de diez mil hectáreas atestada de ganado; si yo fuera un accionista de una gran empresa industrial; si yo fuera el dueño de un banco con miles de millones de pesos invertidos en especulación inmobiliaria; si yo fuera un gran sembrador de palma africana o uno de los dueños de una gran cadena de almacenes? por supuesto que votaría feliz y hasta haría campaña política por la reelección del actual Presidente de Colombia, Álvaro Uribe Vélez. Pero él fue el autor intelectual y material de esta cruel Ley 100. Y como no tengo grandes fincas, ni hatos ganaderos, ni soy dueño de ningún banco, ni de ninguna gran cadena de almacenes, sino que soy un colombiano más que ha sufrido las consecuencias de este despojo colectivo, por favor: no me pidan que vote por un político que creó con una paciencia tan maquiavélica esa maldita Ley 100. Y ya no escribo más porque tengo mi ojo derecho otra vez hinchado y se me están borrando las letras.

1 comentario:

Anónimo dijo...

ojo al voto