viernes, 18 de noviembre de 2005

EL SINDROME DE ULISES (1).




ANOTACIONES

Oscar Robledo Hoyos,

Sept 27 de 2005.

Un bello diario parisino. Se oye el trajinar del viejo metro construído a comienzos del siglo pasado, el roce de las copas de vino y el olor del Richard en los “bistro” de esquina, se escuchan las conversaciones de los amigos intelectuales y escritores, se cruzan los parques cercanos a L´Etoile, el “boulot” cotidiano, la fatiga diaria por la consecución del dinero para comer y pagar el cuarto, y , sexo al por mayor en partouzes cosmopolitas o al detal sobre las alfombras de los cuartos o los estrechos baños de las “chambres de bonne”, rápido, a hurtadillas, de pié o en incómodas posiciones kamasútricas. Diario bello y vibrante, loco, apasionado y conmovedor. La búsqueda o la “cacería humana” en donde al final todos se entregan para celebrar a través de sus sexos – sin exclusividad - el encuentro del otro en su terror de estar solo en ése París que a todos retiene en su telaraña de colores, pasajes, restaurantes universitarios y citas en medio de la noche o las tardes lluviosas y desprogramadas. No todo París, claro. Falta el Paris de los grandes espectáculos culturales, los diarios y las noticias del mundo. Faltan los grandes centros comerciales y el deslumbrante mundo de los negocios, las boutiques y las galerías, en una palabra, la presentación impúdica y agresiva de la mercancía. Diario de intimidades, complicidades bisexuales, guiños intelectuales. Faltan los grandes debates de las academias, apenas unas lánguidas clases de español de la calle Gay Lussac. Falta el boato de los desfiles de la moda, los viajes de los millonarios al descreste de la gran urbe, las paradas militares en los Campos Elíseos y el alto mundo de la política. Un París sin bibliotecas y sin muestras gastronómicas, pero bello y real. Se le puede tocar con los dedos y con la alta estrategia de la imaginación.

Más cercano al mundo travieso y sorpresivo de Henry Miller que al París festivo y transparente de E. Hemingway como reza la contra tapa. Un mundo de sexo y de hallazgos eróticos en medio de una economía del rebusque que puede dejar la muerte y grandes estragos ni no viene a tiempo el milagro del amigo, el empleo temporal o el abrazo y el beso, así sea de paso, de un día o un pedazo de noche para repetirse al siguiente. Un París que se vive más en los recuerdos, fragmentos de conversaciones, rememoraciones de encuentros extraños y aromas de mujer que permanecen en las pequeñas “chambres de bonne”. Vagas y fugaces presencias de una vida que pasa rauda en el rouge de los labios estampados en el borde del vaso, el perfume aferrados a la almohada o la huella feliz de la uva evaporándose aún en las copas que permanecen en la mesita que sirve a la vez de estudio, mesa de centro, cocina y bar.

Una ciudad cosmopolita que junta fortuitamente habitantes de los cuatro puntos cardinales. Todos empujados por la fuerza misma de las pasiones: el deseo de vivir, la persecución política, el desempleo, el azar, el no futuro de los países de origen y finalmente, todas las violencias del subdesarrollo y el atraso. Una ciudad vista desde el envés de la pobreza mientras a lo lejos o cerca brillan las luces del boato y el éxito. De fondo los pasos de estos seres arrojados a la ventisca del azar y el caos y en sordina La historia triunfal de La France.

Decimos que un diario porque se manejan conceptos sobre la novela de reciente factura. Difícil encasillamiento en los moldes clásicos. No maneja los personajes prometeicos de la gran novela de Balzac, Stendal o Dostoiesvski en la cual el escritor con la paciencia de un grabador del siglo XVII va cargando de significación los personajes centrales. Un solo personaje de fondo, el protagonista, que es un joven colombiano que desea hacerse escritor en la ciudad de las luces. La narración sucede vividamente. Gamboa se nos hace un gran narrador de cuentos cortos. Hay versatilidad y deja cabos sueltos que luego retoma dando interés permanente a las experiencias y al relato. Lejos las exquisiteces de los nuevos campeones de la novelística en cuanto a estructura formal. No el monologo interior, no todas las voces a la vez como Delirio de Laura Restrepo, no el rompimiento del tiempo para una reconstrucción en el tiempo- espacio del lector, no el inconsciente expresándose en el diván del discurso de Rulfo. Su formato es lineal, tradicional. Tan poca trama y estructura de novela tiene que ni siquiera se hace un cierre al final cuando los personajes quedan allí, en sus circunstancias Orteguianas y lo del síndrome resulta a la postre simple artificio para justificar el título que parece vino tardíamente cuando las carnes habían sido sacadas del asador.

El trato es coloquial, tanto, que a veces de dirige a sus lectores con admoniciones de éste corte: Acuérdense lo que les dije hace algunas páginas. y sigue. Las escenas de sexo son permanentes como que es una manera de combatir la soledad y la pobreza. Y lo hacen sin escrúpulos higiénicos ni morales. Son hermosos y bellos en sus soledades estos Buenos Jóvenes Salvajes.

Los grandes ausentes son los franceses, de vez en cuando surge algún parisino malgeniado y déspota. Pasan sobre los ojos del lector Paula, bogotana, la frenética sexual que se prostituye a ratos pero se convierte a la poesía, gran amiga y consejera espiritual. Victoria la novia tradicional que hace estudios en Madrid pero comparte la cama con Joaquín; fija residencia en Estrasburgo pero viaja de tiempo en tiempo a París a atormentar y sobre todo a confundir los sentimientos, Sophie, trofeo de un concurso de ajedrez entre colombianos, Saskia que se inyecta, Susi luce sus mejores atavíos por las noches en las travesías del Sena cuando seduce extranjeros con deseos de “hacer programa completo”, Deborah, que según Victoria es “una húngara que parece una modelo de Versace” y no falta tampoco el amor ideal, el de una francesita liberada. Se pone en escena el estereotipo facilista e injusto de la mujer francesa como mujer fácil, frívola y liberada por decir lo menos, que si dijéramos lo más tendríamos que decir medio puta o puta entera.. El protagonista visita a Justino, un tipo de Medellín que como le preguntara qué hacía respondió “De todo, hermano”, comprendí que andaba en negocios raros”. El antioqueño se le viene con esta andanada de lugares comunes y vulgaridad: “¿Ya se comió a la primera francesa?, me preguntó, y yo no supe si responderle o no, y mientras dudaba el siguió hablando, uy, debería, hermano, son unos polvazos, ….. sin ofender al producto nacional, dijo mirando a la mujer de su amigo, que soltó una carcajada y se bebió hasta el fondo el aguardiente que tenia en la mano, y le dijo, Justino, usté si es la embarrada, no?, solo piensa en eso, qué va a decir este universitario, y yo me reí, aunque avergonzado de reírme”. Sabrina es la francesita- mito que al final rompe el paradigma y se diluye sin que el lector se de cuenta de su final.

Final triste. Intermedio triste. Comienzo triste: “Por esa época la vida no me sonreía. Mas bien hacia muecas, como si algo le provocara risa nerviosa. Era el inicio de los años noventa. Me encontraba en Paris, ciudad voluptuosa y llena de gente próspera, aunque ese no era mi caso. Lejos de serlo. Los que habíamos llegado por la puerta de atrás sorteando las basuras, vivíamos mucho peor que los insectos y las ratas. No había nada, o casi nada, para nosotros, y por eso nos alimentábamos de absurdos deseos. Todas nuestras frases empezaban así: “Cuando sea…”. Un peruano del comedor universitario dijo un día: cuando sea rico dejaré de hablarles. Poco después lo sorprendieron robando en un supermercado y fue arrestado… En mis bolsillos había poco que buscar (nada tintineaba) y por eso debí alquilar un cuarto de nueve metros cuadrados, sin vista a la calle, en los altos de un edificio de la rue Dulud…un barrio lleno de familias ricas y judías, automóviles elegantes, tiendas caras. Por cierto que cuando uno es pobre es muy malo rodearse de gente rica. No lo recomiendo. No trae buena suerte y genera un sabor amargo en la boca, nada bueno para la salud. Cuando uno es pobre es mejor estar rodeado de pobres. Créanme”. Entretanto y a medios actos viene la ruptura relativa de la pobreza y la monotonía con los fogonazos de los happinings que centran con su luz deslumbrantes los perfiles de los personajes. Sabiéndose pobres, en cierta forma marginados de los circuitos del dinero, sin atractivos sociales o económicos, sucumbiendo a la tentación y la dicha de un cuscús en Saint Michel en un restaurante marroquí y unas cervezas en el bar de la esquina, no les queda para demostrar su miedo que la generosidad de sus cuerpos galácticos comunicables. Como en el protomarxismo el trabajador solo tenía frente al capital la propiedad de sus brazos para trabajar, en el neoliberalismo solo le queda a los desposeídos el Hueco de las fronteras de los Estado-Nación o el sexo ya roto para expresar el ser auténtico y solidario en contra de las monedas ladronas y las economías oficiales. Economía de la Comunidad Europea sostenida por los ilegales sudacas o marroquíes mientras que los bienpensantes echan pestes contra los inmigrantes porque supuestamente “vienen a quitarle sus oficios y consecuentemente sus ingresos.

Si fuéramos a ser antinómicos diríamos que predomina en el diario la interioridad sobre la exterioridad de los escenarios de una ciudad tan bella como es la capital de Francia. La centralidad la tiene la “chambre”(pieza). El exterior se presenta tan desolador y hostil que los nueve metros cuadrados empiezan a reñir el protagonismo del joven escritor. Es tan pobre y desprovisto de armas adecuadas que el cuarto empieza a nombrarse como “la chambrita” que por los sucesos narrados y por el español coloquial colombiano quiere decir más o menos “hembrita”, lo que la vez tiene la connotación de cariño y proximidad afectiva. El repliegue, pues, de toda esta población de inmigrados, se hace hacia adentro por los temores y riesgos que representa la ciudad. A momentos el retorno al “chez soi” se hace poético e idealizado como si lo mejor de vivir y estar en París fuera replegarse en los aposentos. Existe casi una imposibilidad absoluta de hacer y ser por fuera de “la chambre”, que es sitio del encuentro, del amor, de la amistad y la fiesta: “Al llegar a la chambrita Lazlo sacó copas, alzó una botella y anunció, ¡recién llegada de Bucarest!” Luego de la entrevista con el peruano Ribeyro dice: “Al salir a la calle me di cuenta de que era tarde, mas de la una. El Metro estaba cerrado y me dispuse a caminar hasta mi chambrita de Cambronne, cortando el frío con la uñas pero contento”.

A Gamboa el destino lo ubicó calle Duluc nada menos que en el barrio 16 que es como decir el epicentro de la más rancia y chic burguesía parisina, razón suficiente para iniciar su relato con el sentimiento depresivo de exacerbada pobreza que transcribimos.

II parte:

Inmigrantes y compañía.

(1) Santiago Gamboa, El síndrome de Ulises. Seix Barral. Biblioteca Breve. Editorial Planeta Colombiana S.A. Bogotá, 2005.

1 comentario:

Anónimo dijo...

!Bien por esa! Maravillosa la descripcion del aturdimiento, del deslumbramiento que producen esos "otros mundos", aquello que la barbarie provincial no deja imaginar siquiera. Parodiando a Silvio Rodriguez. "Hay que vivir para ver..." Al final, es inevitable pensar desde aqui en el no futuro de ese presente continuo de violencia e interminables mesias bananeros.