sábado, 12 de noviembre de 2005

Costumbresmanías



Por: Rodrigo Restrepo

Las costumbresmanías son el hombre y también la mujer. Cada día somos más reconocibles por nuestras costumbres y manías. Son ellas nosotros mismos. Por ellas, los familiares convivientes y también nuestros amigos y vecinos más cercanos notan nuestra presencia o ausencia, en ocasiones de pura manía nos extrañan.

Algunos maniáticos han sido encontrados muertos porque la manía cotidiana de levantarse bien temprano a prender el televisor no se manifestó. Aquella mañana nadie en casa escuchó a J. Mario Valencia gritando porque una de sus invitadas con los ojos vendados ensartó con un palillo el último octavo de chontaduro del recipiente, y la cucaracha una vez más se escapó. No había Jotamario para oír. Algo anda mal. El costumbremaniatico de la casa no se ha despertado, notaron aquellos convivientes que no podían seguir durmiendo sin la costumbremanía ajena. Por dos semanas al levantarse extrañaron la voz de Jotamario; después, sincronizaron el equipo de TV para que se encendiera solo, y así mantener la costumbremanía del difunto. Alma bendita.

Las costumbresmanías se pegan, se heredan, se convierten en toque familiar. Díganlo, los vecinos de la calle 72 en Medellín, que se aguantaron por muchos años a los 7 hijos y las 3 hijas de don Recaredo Valdés con la costumbremanía de emborracharse los sábados, cada uno por su lado, y subir gateando entre las 3 y las 5 de la mañana del domingo la pendiente calle, desde la carrera 45 hasta la 42, cantando a grito herido el tango «Triste Domingo», tal cual lo hacía su padre, el hombre de Amalfi, el de sombrero gardeliano que murió un domingo día del padre. Nunca se encontraron para hacer un coro de diez voces o siquiera un dúo, nunca cantaron otra canción. Ni siquiera a Farolito. Solistas los maniáticos estos. Cuando frescos no se sabían ni siquiera la primera estrofa del tango, que a fuerza de repetición sus vecinos se aprendieron totalmente.

O si no, que lo cuenten quienes conocieron a los «arabescos», de apellido Nassar, hijos del carpintero ebanista don Josef y de doña Bernarda, que comprarobaban todos tipo de lápices porque les olían muy bueno y marcaban un puntico delicioso en la lengua cuando tenían que trazar sobre una tabla. Después de la popularización del bolígrafo, no se tienen registros serios de esta manía, según Colciencias.

Hay costumbresmanías muy fastidiosas, insoportables, que producen ventajas y provechos para el costumbremaniático y desazón en sus tolerantes amigos. El goterero de costumbre y manía es mañoso, las más de las veces es simpático, conversador chistoso y con zalema a flor de labios. Intuye con gran acierto, cuándo y en dónde hay una buena bebeta. Espera hasta que el licor en sus amigos o conocidos hayan desamarrado los bolsillos y soltado la lengua para entrar al bar. Haciéndose el yo no fui, saluda mirando con displicencia; por casualidad pasaba por ahí. Invitado o haciéndose el invitado, bebe más que camello en oasis, pide nuevas rondas para todos, abraza, besa, escupe, derrama los vasos, apaga los cigarrillos con la punta del zapato; a su debido tiempo, a la hora de pagar la cuenta, no falla, se escabulle pidiendo permiso para ir al baño, al baño… de la casa, porque no vuelve a aparece hasta la próxima bebeta. Las esposas de sus amigos, en clara defensa del patrimonio familiar, los detestan.

Se conoce un caso en que los gotereros son dos, esposo y esposa. A media noche les da la manía de bailar tango, vals y milonga a ritmo de taekwondo; lo hacen tan bien, que nadie se entera en que momento desaparecen, así la puerta del bar esté cerrada por orden del alcalde. Hay gotereros con costumbremanías de clase, cultas. Son serios, bien vestidos, de mediana gerencia, graduados Summa Cum Lauden, con reconocimiento social o político, a quienes hay que agradecerles que se lo beban a uno. No huyen a la hora de cancelar la cuenta, por el contrario, la piden; revisan las anotaciones del talonario, suman y aprueban el saldo total, lo dividen por n-1 (siendo n = al número de bebedores de la mesa, diría un profesor de matemáticas) y anuncian con voz grave: nos toca de a ochenta mil pesos, recibe los aportes, se queda con los vueltos y se despide con un gran abrazo.

El costunbremaníaco goza de gran manera cuando en llegando a su receptáculo vivencial, ávido busca nuevos escritos en el blog «La loca de la Casa».

3 comentarios:

Anónimo dijo...

y que tal la costumbre de esperar los viernes para salir con la única alternativa de ver a Jose Gabriel

German

Anónimo dijo...

y que tal la costumbre de esperar los viernes para salir con la única alternativa de ver a Jose Gabriel

German

Anónimo dijo...

Hay quienes tienen la costumbre de llamarse German, como yo, y firmar como yo (o como usted). Viajando por ahi, me he dado cuenta que el unico lugar donde se acostumbra bautizar a la gente con este nombre es en Colombia, y aun no me acostumbro a que debo decirlo por lo menos dos veces y luego explicar porque. German.