jueves, 10 de noviembre de 2005

Con el perdón de Vinicius




Receta de Mujer.

Que me perdonen las muy feas,

pero la belleza es fundamental. Es preciso

que haya algo de flor en todo,

algo de danza, algo de alta costura

en todo (si no

que la mujer se socialice elegantemente en azul, como

en la República Popular China).

No hay medio término posible. Es preciso

que todo sea bello. Es preciso que de pronto

se tenga la impresión de ver una garza posada

y que el rostro adquiera de vez en cuando ese color sólo

encontrable en el tercer minuto de la aurora.

Es preciso que todo sea sin ser, pero que refleje

en la mirada de los hombres. Es preciso, absolutamente preciso

que todo sea bello e inesperado. Es preciso que unas palabras

recuerden un verso de Eluard y que se acaricie en unos brazos

alguna cosa más allá de la carne. ¡ Ah!, déjenme decirles

que es preciso que la mujer que está allí como la corola ante el pájaro

sea bella o tenga al menos un rostro que recuerde un templo

y sea leve como una nube, pero una nube

con ojos y nalgas. Las nalgas son importantísimas. Los ojos

que no hablen, que miren con cierta maldad inocente. Una

boca fresca ( no húmeda) y también de extrema pertinencia.

Es preciso que las extremidades sean flacas, que unos huesos

despunten sobre todo la rótula al cruzar las piernas, y las puntas pélvicas

no se enlacen a una cintura semoviente.

Gravísimo es sin embargo el problema de las jaboneras: una mujer sin jaboneras

es como un río sin puentes. Indispensable

que haya una hipótesis de barriguita, enseguida

la mujer se alce en cáliz, y que sus senos

sean una expresión greco-romana, más que gótica o barroca

y que pueda iluminar la oscuridad con una capacidad mínima de 5 velas.

Sobre todo es bueno que la columna vertebral

se muestre levemente; y que exista un gran latifundio dorsal.

Los miembros que terminen como astas, más bien que haya un cierto volumen de cosas

lisas, lisas como pétalos y cubiertas de suavísimos vellos

un tanto sensibles a la caricia en sentido contrario.

Es aconsejable en la axila un dulce césped con aroma propio

apenas sentido ( un mínimo de productos farmacéuticos).

Sin duda son preferibles los pescuezos largos,

de manera que la cabeza dé a veces la impresión

de no tener nada que ver con el cuerpo, y la mujer no recuerde

flores sin misterio. Pies y manos deben contener elementos góticos

discretos. La piel debe ser fresca en las manos, los brazos, el dorso y la cara,

pero que las concavidades tengan una temperatura nunca inferior

a 37 grados centígrados, pudiendo eventualmente provocar quemaduras

de 1er. grado. Los ojos, que sean preferentemente grandes

y de rotación por lo menos tan lenta como la tierra;

que se coloquen siempre más allá de un invisible muro de pasión

que es preciso transpasar. Que la mujer sea en principio alta

o, si es baja, que tenga la actitud mental de las altas cumbres.

¡ Ah!. que la mujer dé siempre la impresión de que, si se cierran los ojos,

al abrirlos ella nada más estará presente

con su sonrisa y sus intrigas. Que surja, no que venga, que parta, no que vaya,

y que posea una cierta capacidad de enmudecer súbitamente, y que nos haga beber

la miel de la duda. ¡ Oh!, sobre todo

que no pierda nunca, no importa en qué mundo,

no importa en qué circunstancia, su infinita volubilidad

de pájaro; y que acariciada en el fondo de sí misma

se transforme en una fiera sin perder su gracia de ave: y que exhale siempre

el perfume imposible; y destile siempre

la miel embriagante; y cante siempre el canto inaudible

de su desorden; y no deje de ser nunca la eterna danzarina

de lo efímero; y en su incalculable perfección

constituya la cosa más bella y más perfecta de toda la creación.

Vinicius de Moraes.

(Brasil).

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Yo quiero una así. Gracias por el poema

Raphaël Zacharie de Izarra dijo...

Un texte peu connu de Paul Eluard

L'ECLAT DES BLES

Je marchais en direction des blés, le regard instinctivement attiré par l'azur. Juin chauffait la campagne, l'espace était rayonnant. Une colline devant moi rejoignait le ciel. Je la fixai tout en ralentissant légèrement le pas. Soudain un vent emporta mon esprit en direction de hauteurs inconnues.

Je fis un voyage extraordinaire, debout, pétrifié, les pieds bien posés sur le sol.

La tête ailleurs, je partis je ne sais où. Tout y brillait d'un éclat mystérieux. Un autre soleil pareil au soleil éclairait ce monde. Et je vis la colline, la même colline qui me faisait face. Mais avec une perception différente. La colline était vivante, je sentais en elle une essence vitale, une respiration intérieure. Elle échangeait des pensées supérieures avec l'azur qui lui aussi semblait imprégné de vie. Très vite je m'aperçus que toutes choses communiquaient avec l'ensemble du monde en se faisant passer entre elles un souffle universel plein de sagesse.

Les blés à côté de la colline formaient un choeur de millions de voix suaves, chaque tige ayant son chant propre, accordé avec tous les autres. La terre sous ces blés psalmodiait je ne sais quel étrange cantique. Le ciel avait pris un autre sens. Le bleu le définissait et je ne le nommais plus ciel mais le nommais Bleu. Les oiseaux dans les airs prenaient un prix infini. Créatures éternelles, rien ne pouvait les corrompre et leur vol se prolongeait dans des immensités sans fin.

Tout cela était à la fois tangible et impalpable, présent et invisible, proche et insaisissable.

Je redescendis aussi vite en moi que j'en étais sorti. Je me retrouvai les pieds toujours bien ancrés sur le sol, me réadaptant à la lumière du soleil habituel, qui me parut terne.

Dubitatif, perplexe et à la fois parfaitement convaincu de la réalité suprême de cette curieuse, inexprimable expérience que je venais de vivre, j'avançai vers le champ de blés comme si je devais poursuivre ma flânerie.

Poussé par une puissante intuition, je tendis la main vers une gerbe de blés pour la saisir.

Un éclair illumina ma main et la rendit transparente un bref, très bref instant. Si bref que l'oeil de la mouche l'a déjà oublié et que le soleil en doute encore.

Paul Eluard