domingo, 9 de octubre de 2005

Uno de los textos leídos en el Homenaje a Albeiro Serna

Alta hora de la noche

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre

Porque se detendrían la muerte y el reposo

Tu voz que es la campana de los cinco sentidos

Sería el tenue faro buscado por la niebla

Cuando sepas que he muerto di sílabas extrañas

Pronuncia flor, abeja, lágrima, pan, tormenta

No dejes que tus labios lleven mis once letras

Tengo sueño, he amado, he ganado silencio

No pronuncies mi nombre cuando sepas que he muerto

Desde la oscura tierra vendría por tu voz

No pronuncies mi nombre

No pronuncies mi nombre

Cuando sepas que he muerto no pronuncies mi nombre

Roque Dalton

Cuando Mario me llamó, esperaba su voz de salsero en plan de Rumba. Pero fue diferente: “Se murió el Perrito”. Era un sábado en la mañana y pensaba que el teléfono iba a contar las peripecias de la noche anterior, con inclusión, como casi siempre, de los bongoes y de las amenas charlas de “Juan Sebastián Bar”. Pero fue distinto: no sabía quién era “El perrito” y debí pedir, con sonrojo, una extensión de la que intuía trágica noticia. Sí, era de Albeiro de quien hablaba, de ese Arlequín manizaleño, con cruce de aranzazuno, moldeado en la molicie de tantas ciudades, pueblos, veredas y caminos, recorridos en eso de vivir.

De inmediato, como en un súbito ascenso estratosférico, comenzó el rememorar al Albeiro que conocí: el paso en común por el Teatro, el TPM, el “Arpón” y luego La Brecha. Los otros trabajos que ayudaron a soportar las actividades no remuneradas, la docencia y la asistencia a los diferentes sitios que solía frecuentar con su cómplice necesario: Mario Hernán.

Los sucesos empañaron la cotidianidad y nos pusieron a todos los amigos comunes, en el plan de imaginar cómo era el sentir de Mario, al perder a su amigo, confidente, alter ego, controlador e impulsador.

Cómo acompañar el vacío de su hijo, de su familia, de quienes le amaban por conocerlo.

Hice un pequeño minuto de silencio por Albeiro, ahora redenominado “El Perro”. Lo imaginé sentado en una nube, con Baudelaire, con Rimbaud, con los pintores impresionistas, conversando con Vivaldi y Bach y mirando de reojo y con desconfianza a Wagner, mientras apuraba un gran trago de ambrosía.

Con seguridad, ahora habrá encontrado los mejores momentos y las mejores compañías para esa inmensa responsabilidad de ser nuestro amigo más querido entre los múltiples habitantes de ese limbo poético y deseable, en donde deberán estar todos los que como él, vivieron y nos enseñaron a vivir.

“El Perrito” no nos dejó porque quiso: se prendió en el circo de “Carapintada” de la parte de atrás de un carretón, para vivir la felicidad de la eterna risa, de la eterna algarabía de los payasos y dejarnos como “El Principito” su risa colgada de una estrella.

Carlos Ricardo

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