domingo, 4 de septiembre de 2005

Textos apócrifos del silencio

VUELVEN LOS OJOS DE OMAIRA.

Oscar Robledo Hoyos.

Los ojos de Omaira se han vuelto recurrentes. Vuelven en las mañanas glaciales y asesinas como aquella de 1985 en Colombia, cuando la radio apenas desperezaba los oyentes de las grandes cadenas. Para cuando llegó el monstruo antediluviano los ojos de Omaira jugueteaban en el jardín de las margaritas, talvez se asomaron rápidamente sobre la ventana para advertir a la abuelita que lobo feroz iba camuflado hacia la casa: Abuelita, corre…. Abuelita, no abras… Abuelita, no creas.. Iba con delantalcito de colegiala cantando entre las flores, saludando a lobo feroz, también a Simón el bobito y a Sirenita Ariel y así a todos los animales del bosque. Ya nadie recuerda el apellido de Omaira y quienes fueron sus padres y adonde fueron a llorar su pena. Ignoramos igualmente la perfecta línea de su rostro de muertita expiatoria, nos quedan sus ojos tristes, solos, temblorosos de miedo por el absoluto silencio de sus piernas.

Los ojos de Omaira todavía rondan el espacio de la casa común. Se abrieron en aquella mañana gris de ese Armero que sucumbió al peso del agua, el lodo y la lava hecha losa sepulcral; siguen dándole la vuelta al mundo. Sobre el vasto firmamento de cemento gris en que se convirtió la ciudad de los melones y la sandía sus ojos de niña lloraron tres días y tres noches. Un reportero vino al lado de las lágrimas a hacer minuto a minuto la crónica de su muerte, impúdica e insolentemente, con micrófono en mano a ras de tierra mientras oscuras tenazas subterráneas la tiraban hacia el oscuro centro de la tierra. El mismo sheol de los hebreos, el lugar de los muertos que siempre exige más y mas víctimas. Sus ojos talvez se cerraron un momento en el preciso instante en que se entrecruzaron las líneas de lo humano y lo arcano para no mirar ya hacia las montañas donde dormitaba el León Nevado del Ruiz y crepitaban las nacientes y crepitantes aguas del Gualí, a lo lejos. Los vi otra vez en la cafetería del Sena de la Avenida Colombia en Medellín, extendidos a lo largo y ancho de esa mañana, como amuleto, como monicongo, como relicario….definitivamente, no sé, como algo de un infinita belleza y tristeza, como un puñal que no había terminado de hacer sus estragos.

Hoy sus ojos se han vuelto a abrir en tierras de Louisiana, entre los negros pobres anegados por el huracán Katrina. No miran hacia glaciares lejanos. Miden la vastedad de la impotencia y el abandono de los cuerpos flotantes, la tardanza de la mano amiga de la Defensa Civil y los rescatadores del gobierno. Son los ojos de los desesperados de los techos que miran hacia el cielo sin que lo crucen helicópteros [1]. Los ojos de Omaira resumen la tristeza y la rabia de todos los abandonados de las manos invisibles del mercado omnipotente y de los presupuestos famélicos asignados a los sudacas de Nueva Orleáns porque el Imperio también tiene Sur en su rosa de los vientos.

Se informó que el gobierno dio instrucciones perentorias para que se dispare pues no admite que en horas de tan profunda crisis haya siquiera un norteamericano en trance de saquear negocios y apropiarse de lo ajeno.




[1] . Moore Michael, Una nueva carta abierta a George W. Bush: Querido Sr. Bush: ¿Tiene Usted idea donde están todos nuestros helicópteros? Cinco días después del paso del huracán Katrina y todavía millares de personas siguen atrapadas en New Orleáns y necesitando transporte aéreo. ¿A qué lugar de la tierra habrá mandado todos nuestros recursos militares? ¿Necesita usted ayuda para encontrarlos?”.



1 comentario:

Rodrigo dijo...

Buenísimo. Va un abrazo de felicitaciones