jueves, 8 de septiembre de 2005

Nueva Orleáns: Hervidero de razas y música

Por: Óscar Arias L

Primera parte

Joachim E. Berendt[1] observa que desde antes del siglo XX Nueva Orleáns había estado sometida al domino español y francés, luego ingles e italiano y posteriormente alemán y eslavo. De diversas maneras se dieron enfrentamientos con descendientes de esclavos negros y entre estos había diferencias nacionales y lingüísticas.

Era una ciudad inmensamente musical. Los inmigrantes amaban y cultivaban su propia música. Se mantenían vivas las canciones inglesas, las danzas españolas, la música francesa y las marchas militares del modelo prusiano. En las iglesias entonaban himnos anglicanos, católicos, bautistas y metodistas y en todos ellos se mezclaban los gritos cantados de los negros, sus bailes y ritmos. Se realizaban ritos vudú y al dios de los cristianos le cantaban de la misma manera que a los buenos y malos espíritus en África.

La importancia de Nueva Orleáns para el desarrollo del jazz radica en la herencia de la cultura urbana franco-hispánica, el encuentro de la música europea y africana, el enfrentamiento de dos tipos de poblaciones negras diferentes –criolla y americana-, y especialmente al hecho de que estos elementos se fusionaran en Storyville, barrio de diversiones.

En este sentido, James L. Collier[2] afirma que el Storyville negro –también había Storyville blanco- era un barrio viejo, de construcciones en madera donde funcionaban toda suerte de salones de baile y tabernas sin mediación de prejuicios. Eran tan peligrosos estos sitios que algunos tenían galerías a tres metros del piso para que las orquestas pudieran tocar sobre las peleas que se daban abajo. El mismo Louis Armstrong confesó haber espiado a través de las paredes para ver el baile lento de las prostitutas que alguien llegó a catalogar como ‘una especie de copulación vertical’.

En aquel lugar se esquilmaba a blancos y negros que trabajaban en muelles, algodoneras, campos de caña y cuadrillas del ferrocarril, que buscaban diversión para sus vidas. Este vecindario era una zona sucia, ruinosa y presa del crimen que era evitada por la gente común. La mayoría de los habitantes del barrio se encontraban en lo más bajo de la escala social y no acostumbraban tener esperanzas puestas en el futuro. La actitud de la gente, se refleja en la siguiente descripción:

“…Las mujeres bailaban sobre las barras con dinero dentro de las medias y algunas veces bailaban desnudas. Solían tenderse en el suelo y sacudir sus vientres mientras los hombres les suministraban cocaína. No se necesitaba ningún sistema para trabajar y se podía hacer lo que se quisiera en Storyville negro. Mientras tanto en Storyville blanco se ganaba dinero, se pagaba más en sobornos y había que mostrar opulencia…”

John Fordham[3] afirma que casi todo el mundo piensa que el jazz nació en Nueva Orleáns, pero ahora se sabe que esta ciudad no fue su única cuna, si bien poseía condiciones para ello. Condiciones tales como que desde 1880 los músicos empezaron a mezclar instrumentos europeos con africanos y a cantar temas de llamado y respuesta en dialecto criollo; el dominio de las bandas de instrumentos de metal que tocaban en desfiles, bailes, excursiones por el río y funerales; el resurgimiento de grupos de culto y sociedades secretas del África que funcionaban a la manera de logias masónicas o grupos de amigos; y la evolución ecléctica de la instrumentación clásica en la ciudad: el metal y la percusión descendían de las bandas militares, el clarinete de los músicos criollos, y la guitarra o el banjo del minstrelsy y el blues. Los instrumentos de primera línea se aproximaban al contrapunto del conservatorio europeo, pero la continua transformación espontánea de las frases tenía sus orígenes en África.

Esta música empezó a conocerse con el nombre de ‘jazz’, con un sentido más sexual que musical, pero en Nueva Orleáns ambos significados estaban estrechamente unidos


[1] El Jazz: de Nueva Orleáns al Jazz Rock. Fondo de Cultura Económica. México, 1986. p. 21-26

[2] Louis Armstrong. Javier Vergara Editor S. A. Buenos Aires, 1987. p. 27-44

[3] Jazz. Editorial Diana S. A. México, 1994. p. 16-17

3 comentarios:

Mario Hernán dijo...

Por no conocer a Nueva Orleans debimos inventar a Timbalero, cambiar el Jazz por la salsa y bailar con amigas más pudorosas que las del relato.

Gracias por el texto.

Anónimo dijo...

Buen trabajo. Felicitaciones por el escrito.

Anónimo dijo...

No encuentro la Segunda Parte de este escrito.Me queda la idea ya que al inicio mencionaste "primera Parte"
Buen trabajo, entonces espero... la dos