martes, 6 de septiembre de 2005

Lascivia ciudadana


Serrat y yo estamos bravos, pero él no sabe ( y tampoco le importa…)

Era el día D: De la presentación de Serrat en Manizales. El 2 de septiembre empezó temprano para mí, cerca de las 7 de la madrugada, comencé los preparativos: blue jean, camisa con logosímbolo, zapatos beige y el “sweater” verde. Luego, pulcra afeitada, incluidos los puntos difíciles, un poco más de tiempo en la ducha, para incluir a los ibdem y a hacer fuerza porque el día pasara rápidamente y poder afrontar con entereza, una de las ironías más irónicas: no tenía boleta para la presentación.

Sentí todo el día, que las gentes de la Universidad me miraban con compasión. Algunos gritaban un “¡no te lo puedo creer!” cuando se enteraban. Yo, fiel seguidor de Serrat desde 1.968, poseedor de casi todo lo producido por el catalán, “fan” de reconocimiento local y en casos, nacional, ¡no iba a ver al maestro! Esperé muchos años, (no digo cuántos, como las señoras), para ponerme frente a frente con mi ídolo.

Pero ese día, por razones insospechadas, no tenía boleta para la función. Discretamente, en la semana, cambiaba los noticieros en donde entrevistaban al cantante, para sentir un poco menos esa sensación de vacío que provocaba verlo y oír las preguntas insulsas de algunos periodistas. Era indignante oír cómo la ignorancia, como el dicho, es atrevida.

Lo miraba de reojo y cambiaba apresuradamente a FX o a Discovery, en su orden. En tanto, mi familia (lo supe siempre), hacía “a escondidas” ingentes esfuerzos por conseguirme la boleta.

Durante el día, hubo varios amagos de solución al conflicto: que según “La Patria” había todavía boletas, pero sólo de $95.000 (US $42), pero que no; que podíamos conseguir con los revendedores, que alguien en un arranque de amor infinito por mí, sin despertar celos en nadie, cedería su boleta, etc, etc.

Pero nada…

Pasé la tarde encerrado en mi oficina, trabajando y cambiaba de emisora en cuanto hablaban de él o sonaba una de sus canciones: algún locutor local, se atrevió a presentar una canción como “la última producción del cantautor: Mediterráneo….”

En la tarde, cuando regresé de algunas gestiones en la Oficina local de Tránsito, que me enemistaron con el género humano, encontré el mensaje de que llamara a mi esposa: ¡tenía las boletas!. El director de la entidad en donde trabaja, movido por sentimientos nobles, me cedía sus dos boletas: de cuarta fila. Me podría sentar entre el blancaje de Manizales a dejar salir mi fanatismo. Y a renglón seguido, recibí otra gran muestra de afecto: Mario Hernán me cedía su boleta de ingreso al concierto. Ahora, tenía dos boletas a falta de una. Como estaba preparado cual quinceañera para su fiesta, no tuve que ir a la casa de nuevo, para hacer “arreglos de última hora”: simplemente, tomé mi carro y al “Teatro Los Fundadores”, que ese día además, era reinaugurado, luego de su remodelación, ahora convertido en el Centro de Convenciones “Los Fundadores”.

La noche era propicia, el clima plácido, las filas en la entrada inmensas. Estaba lo más granado de la sociedad local: los políticos, esos que ponen cara de trascendencia cuando hablan de la “Canción Protesta”, que les gusta cuando no es “fanática”. Las autoridades civiles (no vi a las militares), las niñas bien, el público de platea y el amoroso público del Palco o “Gallinero”. Todos los congeneracionales ideológicos y muchos de los que no, en todo caso con los cambios propios de la edad y el sufrimiento…

Y empezó el concierto: un Joan Manuel irradiando placidez, tranquilidad y afecto, de quien me gusta más cuando habla, porque siempre tiene el humor y el amor aparejados. Sus canciones de siempre, “Señora”, “Mediterráneo”, “Hoy puede ser un gran día”, “Menos tu vientre” (con la cual inició), dos o tres canciones en catalán y en fin, las cosas que podríamos esperar y en todo caso, muchas menos de las que esperábamos sus seguidores, aunque fueron casi dos horas de cantar.

Cuando terminó, alguien le lanzó un ramo de flores que claramente le asustó, pues el teatro aún estaba a oscuras. Luego, la debacle: los más audaces nos lanzamos cual fans de Shakira, algunos agitando prendas de vestir (el “sweater” verde) nos acercamos hasta el escenario. Los más osados tendieron papeles y Serrat los autografió. Otros estiraron sus manos, en búsqueda de un apretón y él respondió a su gesto. Yo, en tanto, buscaba el mejor ángulo para una foto cercana. ¡Y lo logré!. Pero la ambición rompe el saco: cuando lo tuve frente a frente, a tiro de flash, no resistí y estiré mi mano, también en búsqueda de un apretón: pero no atendió mi ofrecimiento. En un último esfuerzo, dije las palabras mágicas: “Nano”. Ese es el apelativo cariñoso usado por los cercanos de Serrat. Se volteó, me miró un tanto sorprendido y se alejó, creo, un poco indignado por el uso indebido que hice de ese familiar nombre. Supongo que sólo están autorizados para llamarlo así Candela (su esposa), sus hijas y sus nietos balbuceantes.

Al final, ni la foto, ni el apretón de manos y menos el autógrafo. No quise quedarme a la salida del Teatro, esperando su paso rumbo al Hotel, porque con seguridad habría reconocido el “sweater” verde y quién sabe qué me habría dicho.

Desde entonces, Serrat y yo estamos bravos, pero ya se me pasará. Ya volví a escuchar “De vez en cuando la vida” y empezamos a reconciliarnos.

Carlos Ricardo

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Me imagino el destino final del buso verde de Carlos Ricardo

Rodrigo dijo...

No llores hermano.No llores. Muchos sabemos que Tarres en Manizales sós vós,así no cantes un gol.

Mario Hernán dijo...

Bien por esa !. No sabe Serrat las cosas que se pierde sobre si mismo.

Anónimo dijo...

me parecio interesante su narracion.las personas muchas veces amamos a otras que ni siquiera conoce bien y cuando las conoce se acaba su fantasia y termina "odiandolas". felicitaciones

Anónimo dijo...

y aún así sigue utilizando el "sweter verde" verdad?, pues que bien, tampoco se va a acabar el mundo porque Serrat lo ignoró.