domingo, 25 de septiembre de 2005

Declaración de Granada


Jürgen Habermas, Robert Alexy, Neil MacCormick, Luigi Ferrajoli, Manuel Atienza, Will Kymlicka, Eugenio Bulygin, Boaventura de Sousa Santos, David Held, Francisco Laporta, William Twining, Juan Ramón Capella, entre otros, suscriben la Declaración:

El desarrollo de las relaciones económicas, políticas, sociales y culturales ha adquirido en las últimas décadas unas dimensiones y características que se elevan progresivamente por encima de las fronteras y poderes de los Estados e ignora las divisiones administrativas y políticas establecidas entre los pueblos.

Transportadas por los medios de comunicación, por las nuevas tecnologías de la información, las redes económicas y los flujos de personas, las acciones y decisiones de cada uno, por remotas que sean, pueden llegar a afectar la vida y el destino de las poblaciones lejanas en cualquier lugar de la geografía del planeta.

Muchas actividades humanas funcionan hoy a escala planetaria. Somos agentes activos y pasivos en el gran río de las interacciones de la sociedad mundial. Para expresar esa nueva realidad utilizamos genéricamente el termino “globalización”, pero no debemos olvidar que se trata de un complejo entramado de creciente extensión e intensidad que presenta multitud de caras y facetas.

Hay una globalización económica, que es ante todo globalización de los mercados financieros, la expansión de un mercado internacional de bienes, servicios y trabajadores. Evidentemente estamos ante el nacimiento de una economía supraestatal o transnacional, una economía que en gran medida escapa al control de los poderes de los Estados. Esta globalización económica está agravando los males sociales de nuestro tiempo.

No se trata, sin embargo, de un fenómeno solamente económico, hay una globalización de las pautas culturales, una globalización de los efectos medioambientales, una globalización de las comunicaciones, y también una globalización de las inseguridades y las luchas.

Sabemos que esta compleja multiplicación de los intercambios humanos ha dado como resultado el incremento del bienestar económico y la riqueza cultural en ciertos segmentos de la población mundial, pero somos también testigos de que, a su lado, una pavorosa realidad de sufrimiento, incultura y marginación atenaza a millones de seres humanos.

La carencia de alimentos, la falta de acceso al agua potable, las enfermedades endémicas, el analfabetismo y las supersticiones conforman el horizonte vital de pueblos enteros. Las relaciones económicas globales entre países, grandes corporaciones y agentes económicos de todo tipo van con frecuencia escoltadas por la especulación financiera fuera de control, la explotación inicua de los trabajadores, la persistencia y el incremento de la explotación de los niños, la discriminación de la mujer y el despojo a los pueblos enteros de parte de su riqueza natural mediante corrupciones y sobornos a autoridades políticas ilegítimas.

La sociedad globalizada es, pues, una sociedad mal estructurada y con efectos perversos sobre centenares de millones de seres humanos. Se puede hablar, siguiendo la terminología de moda, de “injusticias globales”.

Nadie puede dudar que esas injusticias y desajustes sociales dan a esos flujos imparables de inmigrantes que, empujados por la extrema necesidad, tratan de ingresar una y otra vez y contra toda esperanza en países extraños y hostiles que, sin embargo, les ofrecen una posibilidad remota de sobrevivir con dignidad.

La invasión imparable de mensajes y comunicaciones de toda naturaleza a través de las redes informáticas, con sus maravillosos logros culturales y científicos, no puede ocultar tampoco que, enajenados ante una cultura extraña, miles de seres humanos vuelven su rostro hacia sus tradiciones y creencias en busca de un refugio que se torna a veces en intolerancia étnica, nacionalismo agresivo y fundamentalismo religioso, con el patente incremento de la tensión en las relaciones internacionales y la eventual aparición del terrorismo y la guerra.

También observamos crecientes amenazas al medio ambiente, explotación irracional de los recursos naturales y o consumo incontrolado del patrimonio irremplazable del entorno natural.

El nuevo sistema de relaciones económicas, sociales y culturales demanda un orden internacional nuevo. La globalización significa, entre otras cosas, un determinado proceso social con escaso control y gobernanza, conducido frecuentemente por poderes de escasa o nula legitimidad democrática. Hasta ahora los poderes de los Estados–nación, al menos en los Estados desarrollados, habían logrado ciertos niveles de justicia social.

La ruptura de las fronteras estatales y la existencia de problemas sociales graves que ya no pueden tener solución por parte de los poderes estatales exigen una gobernanza y unos poderes más efectivos y sobre todo más legitimados. En cierta medida se pude afirmar que la globalización es un fenómeno social nuevo que ha colocado a la sociedad internacional en una especie de estado salvaje que necesita ser sometido a una cierta racionalización.

El paradigma de la democracia estatal se ha hecho insuficiente, aunque los Estados siguen siendo los grandes protagonistas del orden internacional y todavía pueden tener actuaciones eficaces para frenar los efectos perversos de un nuevo sistema de relaciones económicas, políticas, sociales y culturales que se hacen realidad más allá de las fronteras de los estados. Las pautas de derecho y justicia que presiden las relaciones internacionales aumentan cada día su complejidad y su diversidad, pero no aciertan a incrementar su fuerza.

Los organismos internacionales que las animan son incapaces de imponerlas, y sus discursos son cada vez más meras exhortaciones, mientras la realidad de los intercambios internacionales tiende a hacerse imprevisible y anómica, y crece en ella la injusticia y la desigualdad. Las organizaciones no gubernamentales y los grupos e individuos que conforman la sociedad civil global están cumpliendo un importante papel en la denuncia de estas situaciones, pero no pueden ir mucho más allá.

Asimismo, los poderes e instituciones internacionales sufren de carencias democráticas muy graves. Hay que fortalecer y dotar de mayor legitimidad a las instituciones internacionales vigentes, tanto las estrictamente políticas como las económicas y crear otras nuevas que sean capaces de aminorar las debilidades de los Estados democráticos ante las nuevas situaciones sociales.

Es esencial un debate político más honesto y más preocupado por problemas importantes en lugar de promover simples estrategias o proclamar consignas. Nos sentimos por ello en el deber de hacer una llamada a nuestros gobiernos y nuestros ciudadanos, a las organizaciones internacionales y a las grandes instituciones internacionales, a favor de una actitud nueva y decidida a fin de incorporar la igualdad y la libertad como valores efectivos de todos los seres humanos, a fin también de que todas las dimensiones de la globalización sean sometidas a las exigencias del imperio de la ley, de una ley que sea cada vez más una voluntad general y no la voluntad de unos pocos.

El gran reto de este siglo XXI es configurar un orden mundial nuevo en el que los derechos humanos constituyan realmente la base del derecho y de la política. Para ello nos parece indispensable un retorno de la política en su sentido más noble, una recuperación por parte de los ciudadanos de la conciencia y el valor de sus derechos.

Granada, 27 de mayo de 2005

1 comentario:

Anónimo dijo...

Esta declaración se suma a la múltiples iniciativas conducentes a crear una sociedad civil planetaria, esa sería la forma hacer una contracultura global