lunes, 26 de septiembre de 2005

Cambio extremo


Por:

Mario Hernán López

Los aficionados a los hitos proponen que 1989 se considere como el año de la finalización simbólica del siglo XX. Su argumento consiste en interpretar la caída del muro de Berlín como la finalización del proyecto de sociedad emprendido por la antigua Unión Soviética, y la instauración, en su lugar, de la sociedad de mercado con formas liberales de producción y consumo. El derrumbe del muro de la infamia ha sido propuesto como el momento del paso definitivo de la sociedad occidental a la posmodernidad.

La transformación del modelo de sociedad socialista en una sociedad de mercado le otorgó una nueva legitimidad a la economía clásica, instauró una versión única del desarrollo, y transformó los términos de la geopolítica heredada de la posguerra. Al conflicto este - oeste le sucedió el conflicto norte - sur; agotada la guerra fría con sus rivalidades ideológicas y tecnológicas, se hizo pública una tremenda confrontación de la riqueza y la pobreza (más de la mitad de la población mundial vive con menos de dos dólares diarios, la fortuna de tres magnates supera el PIB conjunto de cuarenta y ocho países). La respuesta ha sido la expansión del mercado por todas las latitudes, la desregulación generalizada del capital y el desmonte del Estado en los países periféricos.

Como lo están señalando funcionarios del Banco Mundial, los remedios contra la pobreza se fabrican con materiales de la misma enfermedad.

Una década más tarde, los aficionados a los hitos señalaron el ataque a las torres gemelas de Nueva York como el suceso con el cual iniciaba el siglo XXI: la expresión mediática de la guerra a la manera de un espectáculo, una aparente confrontación cultural entre occidente y oriente, el surgimiento de las guerras preventivas como pretexto para la invasión, el fracaso de la institucionalidad política mundial en la generación de consensos entre las naciones, y la consolidación militar del imperio, abrieron el nuevo siglo. La invasión militar de los Estados Unidos a Irak, ha sido señalada hasta el cansancio como la expresión más clara de los propósitos de control del imperio sobre los recursos naturales estratégicos del planeta.

Un pensamiento único acerca del desarrollo promueve la liberalización del mercado como fórmula del bienestar colectivo, las bases son la industrialización sin límites y la visión de la naturaleza como una despensa infinita al servicio de la satisfacción de las necesidades humanas. La confrontación entre el desarrollo económico – como expansión permanente de las dimensiones materiales - y la naturaleza, está generando un tipo de problemas conocidos como problemas ambientales. Ernesto Sábato lo expone con claridad: “el mundo cruje y amenaza derrumbarse, ese mundo, que para mayor ironía, es el resultado de nuestro prometéico intento de dominación”.

El ambientalismo apareció en la década del setenta como una expresión de denuncia frente al exceso consumista y los riesgos de una guerra nuclear; en los ochenta el énfasis se hizo en los problemas ambientales del desarrollo, y en los noventa el esfuerzo se centró en la realización de acuerdos internacionales que comprometieran la gestión de los gobiernos en temas como biodiversidad y contaminación. En los últimos años los ambientalistas están involucrando asuntos centrales como la pobreza y los efectos perversos del librecambismo sobre el 80% de los habitantes de la tierra. Desde hace treinta años abundan las predicciones sobre el cambio en las condiciones físicas del planeta como resultado de la contaminación generada por los ricos y la deforestación causada por la pobreza.

Después de ver las imágenes de Nueva Orleáns inundada y sin vida, de escuchar a los periodistas denunciar el racismo, la pobreza y desnudar la incapacidad institucional para reaccionar ante los propios problemas, es fácil adivinar quién le hizo el guión a la película triste del Día Después de Mañana.

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