martes 21 de febrero de 2012

Sesenta


     
   
   Se levanta de la cama desnuda, se envuelve en una toalla y enciende un cigarro, piensa en que él no le había respondido a su último correo electrónico ¿habría sido demasiado largo o tal vez se podía ver entre líneas la absoluta necesidad de respuesta? no contenía ninguna pregunta ni apremio para ser respondido, pero seguro que él leyó entre líneas su ansiedad.
    Se dirige a la ducha, abre el grifo del agua dejándola correr, el ruido que empezaba a alterarla queda solapado por un violento ataque de tos, demasiado tabaco.            
   Si él la hubiera querido alguna vez, solo por eso, hubiera contestado a su Email. Debería darse con el guante de crin para quitarse las células muertas, tendría que tener fuerzas para cantar algo por encima del ruido del agua, no hizo ni una cosa ni otra.
   Sale de la ducha y  se sienta en el excusado a fumar, repasa mentalmente un par de docenas de cosas que tendría que hacer en los próximos sesenta minutos, pero no tenia ganas de hacer nada, no se concentra, fuera del baño está su casa y tras ese endeble decorado el mundo, que es como el carrusel de los caballitos, tristes  y de cartón.
  Sale, la calle es como una galería, una instalación o un Performance, lo primero que ve es al cartero sonriendo con sus prótesis dentales al aire, parece que toca los porteros automáticos a ritmo de blues, vitaminado y mineralizado como un súper héroe. El vecino gordo con perilla, parece que se ha escapado de un cuadro de Botero. Si él estuviera aquí para ver el camión cisterna que va limpiando la calle seguida del barrendero, con su pala de hojalata que chirría como un saxofón.
   Aprieta el paso, las calles adyacentes a la suya, anónimas, son el extrarradio de su corazón, le gusta el desapego de esas calles populosas llenas de gente que no la mira.
   Entra en una cafetería  y pide un café, el sabor es horrible,  siempre lo es, pero lo sigue pidiendo y tomando, es una forma de integración en el grupo, finge ser una más y ese horrible café es muy apropiado para no levantar sospechas.
  Ojea el periódico, lo dobla y lo pone en la barra pegado a su codo, cuenta hasta treinta, alguien la mira con un gesto y un gruñido le pregunta si puede llevárselo, no falla, el récord está en sesenta, una vez, solo una, tardaron lo que ella tardó en contar sesenta, en pedirle el periódico.
  Si él la hubiera querido alguna vez, ella ahora tendría una historia de amor rota y el proyecto de superarla, pero no fue así, por eso no le responde a su Email, al fin y al cabo él nunca escribiría el correo que ella quisiera recibir, lo que hacia  la cuestión  irrelevante.
   Su casa, la calle, el mundo empezaban a resultarle insoportables, decidió tomarse el día libre, no llamó para excusarse en el trabajo, seguro que se las arreglarían muy bien sin ella.
  Regresó a su casa  muy tranquila, por primera vez en mucho tiempo le daba igual que él finalmente contestara o no su último Email.
  Abrió una botella de vino apurando en varios tragos una cantidad importante de pastillas tranquilizantes, entró en el armario ropero, se acomodó, cerró los ojos y empezó a contar, quedó dormida justo al terminar de contar sesenta.
                                                       
Juana Santana  
www.loquinario.blogspot.com

     
     

jueves 16 de febrero de 2012

UN HOMBRE DESNUDO (Orlando Sierra- In Memoriam)



Han apagado tu vida
pero la verdad profunda
de tus palabras y tu carácter
seguirá ardiendo en nuestras almas
como la llama infinita
de la justicia.

Aquí nos tenemos que desnudar todos
sin temor.

Y así desnudos...
al escuchar el corazón del cielo
los áulicos de la muerte
no podrán soportar
el rayo certero
de la voz denunciante
y el fuego inmortal
de la justicia.

Javier Humberto Arias

EN BUSCA DE JUSTICIA





SUEÑO
CUCHILLOS AFILADOS
EN EL CUERPO DESNUDO.

ES UN ASALTO ME DÍCEN.
AL MOMENTO DE HUÍR
SE CUBRE DE MIEDO EL FIRMAMENTO
Y UNA NUBE NEGRA
COMO LA NOCHE,
Y UNA TRISTEZA INFINITA
LLEVAN LOS MILES DE SERES
ERRABUNDOS
BUSCANDO UN POCO DE JUSTICIA


Javier Humberto Arias

lunes 13 de febrero de 2012

La danza de los mirlos

Samuel López



Decían las mujeres de La Sultana(1) que Roberto era el mejor bailarín y cuando bailaba la danza de los mirlos con la negra Elvira, se asegura que eran la mejor pareja vista en el Club de Don Delio, el mismo negociante de la avenida, cerca a la capilla, que convirtió los bajos de su carnicería en el mejor sitio de baile del noroccidente de Manizales. Roberto vivía literalmente asediado por las muchachas del barrio y no faltaban las que desafiando el frio, antes de que el calentamiento global elevara la temperatura promedio, caminaban desde Viveros o Minitas con la ilusión de bailarse a Roberto. 

Verdadera desilusión sintieron esas muchachas cuando Roberto decidió casarse y contra todas las predicciones la elegida no era agraciada, dicen que jamás la vieron en el Club La Sultana o que si alguna vez estuvo, seguro que nadie la invitó a bailar.

Eran los tiempos de la Orquesta los Sensacionales de Henry y sus hermanos Atehortúa, de Aldemar Abelardi y la animación del cabezón Grisales, con su estribillo que yo me sabía de memoria, y nunca me dejaron decir en el micrófono de la caseta. Tal vez creyeron que tenía el pie plano. Nunca había contado tanta plata hasta cuando fui tesorero de la caseta y la venta de licor sobrepasó los ciento cincuenta mil. 

Aleida, en cambio no bailaba en ese club, ni tampoco se la veía en La Real,  un negocito que por las tardes vendía panes y maicena y por la noche cerveza, aguardiente y ron. Tenía unas cuantas mesitas esquineras, luces atenuadas de colores suaves que ambientaban el reservado donde muchos novios y algunas parejas ocasionales aprovechaban la semipenumbra para darse un beso. Se dice que desde allí perdió la virginidad la negra Elvira porque de tantas excitadas en las sillas del bar, terminó como madre soltera y sin la mínima sospecha del padre. Para su desgracia el niño se parecía sólo a ella.
Aleida, siempre en su casa, empezó a salir al portón y allí se despedía con un largo beso de mi amigo Jorge. Jamás le pregunté qué pasaba debajo de la ruana de colores que infaltablemente ella vestía y que por entonces llamábamos pecadora. Yo también tenía una que empecé a querer en tono de complicidad cuando Mariú metía sus manos por debajo y como pidiendo permiso me decía: Sam, peguémonos una calentadita. 

En adelante las cosas mejoraron. Yo esperaba a Mariú a la salida del Liceo Isabel La Católica, caminábamos hasta Chipre y asegurábamos un buen puesto en la buseta. A falta de la pecadora, los cuadernos disimulaban un poco mi trabajo táctil debajo de su falda. Hicimos un pacto de contarnos cómo sería la pérdida de la virginidad de cualquiera de los dos. Ella tomó la delantera cuando se enamoró perdidamente de un pichón de ingeniero y poco a poco, pero inexorablemente mis manos se fueron enfriando. 

Después de un beso muy largo, ella me dijo que Pedro la había llevado al apartamento, que no estaba su hermana y que ya no era virgen. No tuve que recordarle el pacto, porque Mariú con esa fidelidad a la palabra empeñada y bastante seria, me contó que el sexo oral era fantástico, que la lengua de Pedro abría piernas y hasta caminos. Esa noche no metió sus manos debajo de la pecadora, pero yo sentí más calor que todas las anteriores juntas. Fue la última vez que hablamos, aunque yo si conocí su niño y años después al venezolano que reemplazó a Pedro. 

Oscar era maestro viejo y estudiante de filosofía. Coincidimos en las lides del servicio comunitario y nos empeñamos en andar el barrio hasta la media noche. La pecadora dejó su máscara de Celestina y mutó a la rebeldía intelectual, al marxismo puro, a los diálogos de Platón. Media cajetilla de Pielroja, era el combustible de Oscar para devorar kilómetros de pavimento y cientos de palabras de maestro para su discípulo. La protesta de las hormonas me obligó a espaciar las charlas filosóficas y a intercalarlas con visitas a la primera novia que en franca lid le había ganado a dos amigos. Oscar también fue mi guía en esas materias, con su experiencia de hombre casado y con moza, a la que religiosamente visitaba tres veces por semana a riesgo de que su mujer se desquitara con el jefe del directorio liberal departamental. A los últimos dos hijos de Oscar les decíamos líderes. Pero esa es otra historia. 

La apuesta que les gané a mis amigos era cuál de los tres se conseguía la novia más fea. Me pagaron bien, pero les costó trabajo desencartarme.

(1) Nota para neófitos: La Sultana es el nombre de un antiguo y popular barrio de Manizales, situado en la periferia de la ciudad.   (CREO)

SI DIGO QUE NO CREO, USTEDES NO ME CREEN.



Samuel López

Hace cuatro meses fue noticia nacional el brujo que asusta a conductores y pasajeros cuando cruzan el puente sobre el rio Aguacatal, en el Norte del Tolima. Yo sabía del asunto porque mi hermana que vive en Herveo me contó que el cura del pueblo tuvo que dar una misa in situ. Eso me pareció gracioso.

Gardeazábal en la Luciérnaga, tres días después, contó que un duende estaba saliendo allá, especialmente por la tarde. Golpeaba los vehículos y asustaba los caballos de los que aún usan ese medio de transporte. Carajo! La cosa es más seria de lo que pensé o definitivamente Gardeazábal es un viejo desocupado como le dice Pedro el boyaco.

Otra llamada a mi hermana me amplió detalles de las apariciones: tirada de piedras a las motos, temor de los conductores que no querían pasar solos por el puente, especialmente en la noche. La efectividad del rito del párroco puede atentar seriamente contra un posible turismo de cazafantasmas a ese olvidado municipio.

Recordé dos episodios de mi infancia. Uno, con mi papá que durante algo así como una hora se enfrentaba a machete limpio con un tupido monte, linterna en mano y muchachito al hombro. Lo raro es que mi papá se conocía ese camino como la palma de su mano y no había explicación lógica para semejante desvío. Cuando por fin llegamos a la casa de los abuelos, mi padre les contó que nos había envolatado una bruja. Al día siguiente, abuelos y tíos con varios trabajadores buscaron en vano los restos de monte tumbado y ni señas de una varita quebrada.

Otra vez, nos fuimos de parranda por carreteable plano, entre potreros y con buena luz de luna, además de las linternas y las velas de los peones. Don Misael Salgado tocaba su viejo violín, un poco a la manera de Don Angel Távira, con acompañamiento de un tiplero y un guitarrero. Vi bailar a mis tias y tios, con peones, vecinos y vecinas, comadres y compadres y una buena dosis de taparroja del Tolima. A la hora del regreso, una docena o más de personas inexplicablemente estaban metidos en un tupido matorral y después en una espesa plantación de caña panelera.

Descarto el exceso de alcohol, porque las mujeres no bebieron, ni yo tampoco. Se repitió la historia de mi papá y cuando al fin los machetes nos sacaron de esa trampa vegetal, las mujeres tenían lágrimas a flor de ojo y los hombres pelo erizado, eso sin hablar de un riesgo muy real de habernos desbarrancado en las orillas verticales del Aguacatal que  bordeamos peligrosamente.
Para compartir la noticia del duende, llamé a mi tío a Bucaramanga. Me contó que muy cerca de ese puente, mi abuelo tenía un potrero con varios caballos y por allá por los años cincuenta, tuvieron que motilarles las crines y la cola porque sin explicación alguna aparecían con trenzas finamente elaboradas. Al terminar la llamada me dijo: ese duende es viejo. 

domingo 5 de febrero de 2012

UN MUCHACHO LLAMADO MEDIA VUELTA


Por Rodrigo Restrepo Gallego
Santa Rosa de Cabal, Risaralda

Cuando joven, los compañeros de colegio no tuvieron dificultades en apodar al muchacho. Al unísono acertaron de primer intento. El sobrenombre era obvio, pues surgió del  modo extraño como este muchacho se desplazaba, como cambiaba de dirección. Lo describía a cabalidad. Era su apodo, le pertenecía desde de su propia naturaleza, así no le gustara, ni lo aceptara, era suyo, de nadie más. «Media Vuelta» como apodo, así como su nombre de pila bautismal, era inaceptable para un joven digno merecedor de llamarse como alguien de verdad, así fuese con un mote escolar. Lo difundieron de tal manera que su sobrenombre permaneció en la historia de todos sus conocidos y de muchos otros referenciados por sus amigos, más allá de los tiempos escolares,  aún por encima de las posibles decisiones y procedimientos legales que se pueden asumir  ante un notario. Ninguna diligencia notarial permite cambiar un apodo por un nombre ambicionado.
Desde siempre, desde gateador, trepador  y caminador el muchacho se mostró vivaz, resuelto, simpático, gustoso explorador de las cosas y de los entornos lindantes con su volumen de ocupación corporal. Y lo más, hablador y recursivo. Condiciones estas desarrolladas como capacidades compensatorias de las limitaciones para desplazarse, para cambiar de lugar,  mostradas desde su propia cuna.
En la reciente celebración de los setenta años de la Institución Educativa que antes fue su colegio, se mencionó varias veces el nombre que se dio al muchacho allí en los patios de recreo, y solapadamente en sus propias aulas. «Media vuelta» jamás pudo incursionar en la dimensión de la derecha por decisión propia, estuvo desde el principio destinado a girar en sentido contrario al movimiento de las manecillas del reloj e impedido para seguir la dirección de estas. No pudo  jamás incursionar directamente en los campos de la derecha, los cuales aún los convierte como experto que es, en áreas solo posibles de transitar desde la izquierda, como es natural en la formación política de las juventudes o de los primerizos en los partidos. Ahora funge de cónsul del gobierno, de la patria que tampoco  se olvida. Todos los padres acudientes, vecinos asociados de alguna manera al plantel, invitados especiales y numerosos estudiantes mayores, celebraban con regodeo cada vez que el Jefe de Núcleo Educativo mentaba su nombre pegado a una anécdota relevante, por los asistentes bien conocida. Al fin y al cabo fue su compañero de curso y ufanamente de banco, lo aseveró él.
Ya doctor, por cargo, por nombramiento oficial, desechó su sobrenombre, el primero del colegio aquel que desde el principio se le dio como «Media vuelta», apodo que por altura académica y respeto a los derechos humanos según el profesor de matemáticas se debería convertir en  «Ciento Ochenta grados». Otros estudiantes también tuvieron sobrenombres numéricos de origen distinto al «Ciento Ochenta», de naturaleza lábil, puesto que estos sobrenombres dependían del lugar que ocuparan en la lista de asistencia, cuyo orden cambiaba cada año por causa de los que salieron por pérdida del año, de los repitentes y de los nuevos ingresos, o por su inaceptación mostrada en las broncas mantenidas a pura manga.
Realmente «Ciento Ochenta Grados» no aceptó en momento alguno se le llamara «Media vuelta». Así mismo se llamaba Ciento ochenta, así solo, sin «grados», sin apellidos, creía le daba prestancia, puesto que era también la expresión numérica de la solución para las dificultades generadas por  la incapacidad suya, innata, para girar voluntariamente a la derecha, ubicarse en ella y ocupar  sus espacios. Solo podía girar hacia aquellos espacios ubicados al lado de su mano izquierda. Enfermedad de nacimiento, rarísima, desconocida aun por los grupos de estudiosos de las ciencias básicas para la salud y del comportamiento humano, cuyas comunidades aceptaron elogiosamente el nombre asignado por el profesor del colegio como código universal para su manejo y para el alcance de un buen nivel de vida para quien otro la pudiese padecer. La única explicación hasta ahora conocida y, aceptada porque no hay más, es la elaborada desde sus propias vivencias o padeceres por la madre del muchacho. Dijo ella que su hijo adquirió la enfermedad en las treinta y cinco semanas de gestación y de los discursos políticos del papá obnubilado por las tendencias ideológicas del partido,  repetidos al niño en el vientre, vía ombligo materno. El niño incorporó en su cerebrito las emociones y sentimientos políticos de su papá, repetidos todos los días temprano en la mañana y al caer la tarde. Afirma la madre que el detonante de la enfermedad se activó cuando la abuela – suegra suya – instruyéndola para la primera amamantada pegaba al rorro de la teta izquierda, repitiendo con voz de mando: Primero la izquierda, la izquierda, la izquierda querida es más nutritiva, desarrolla la inteligencia. Órdenes que obedeciera y que el niño aceptó con agrado dado el chorro nutricional recibido. Para rematar, desde ese momento tuvo, decía ella, dos tetas izquierdas, así amamantara con la teta derecha, pues el papá siempre presente - cuya voz se parecía a la de su mamá –, repetía antes de cada chupada: la izquierda papito, la izquierda papito.
Los corre corres de los papás por los distintos consultorios pediátricos y hospitales de la región se iniciaron cuando descubrieron la incapacidad de su hijo para girar sobre si mismo o por desplazamiento hacia el lado derecho siendo él mismo el punto de partida, como si lo hacia naturalmente para el lado izquierdo. La madre descubrió rápidamente que los atascamientos de su hijo al pretender girar hacia el lado impedido de la derecha, se resolvían con un giro de media vuelta, de ciento ochenta grados siempre sobre la izquierda, convirtiendo así la derecha en izquierda. De muchacho adquirió grandes habilidades para bailar siempre con giros a la izquierda, ninguno a la derecha.

Tres nombres arrastra este que ya no es un muchacho: Quinindo, dado por los padres; Media Vuelta, el burdo sobrenombre de los escolares; y Ciento Ochenta, el científico del profesor de matemáticas.


jueves 2 de febrero de 2012


LA DEUDA SOCIAL



AGUSTIN ANGARITA LEZAMA

Nuestros lectores deben sentir como una cantinela que se repite, sin ningún eco, cuando hablamos de los males que le generan al país y a sus regiones la corrupción, la politiquería y el clientelismo. Estos tres cánceres, emparentados fuertemente entre sí, han dejado secuelas y cicatrices dolorosas muy difíciles de borrar. Una de estas es la deuda social.

¿Qué es la deuda social? El Estado, en términos generales, tiene unas funciones como las de cuidar la honra, la vida y los bienes de sus ciudadanos. Cuando deja de cumplir con estas responsabilidades el Estado queda en deuda con la sociedad. ¿Y cómo deja de cumplir sus funciones? Cuando los corruptos se apoderan del Estado, lo ponen a su servicio, y así la inversión no cumple su función social. Los dineros estatales se desvían para los bolsillos de las mafias, que mediante diversas artimañas, les permite enriquecerse. De esta forma desaparecen los recursos que deben costear la salud de los más necesitados. Pero no solo para la salud, también de la vivienda de interés social, educación, infancia y adolescencia, pavimentación de vías urbanas, construcción de bibliotecas, parques, carreteras rurales, puestos de policía, acueductos y alcantarillados,  apoyos para las madres cabezas de familia, para los discapacitados, desplazados, campesinos, población vulnerable, etc.

¿Cómo opera la politiquería? Una vez que la politiquería está en el poder, el Estado es repartido como un botín burocrático entre los miembros del grupo ganador. No importan méritos ni valores personales. Mientras más abyecto, leal y servil se sea mejor. Personajes sin trayectoria ni capacidades llegan a altos cargos con la función exclusiva de servir a sus jefes, entregándoles contratos, puestos y prebendas. Las licitaciones se acomodan para que burlen la ley y las puedan ganar los predeterminados. A los organismos de control también llega la politiquería, y entonces canjea la vigilancia por ventajas de todo tipo para los controladores.

Los escándalos destapados en la Alcaldía de Bogotá sirven de ejemplo. La plata de los impuestos, que son pagados por millones de habitantes de la capital, se la robaron los Nule, los Moreno, los Moralesrussi, los Tapia, los Gómez, los Olano, y a los capitalinos les quedaros las obras inconclusas, mal hechas, con sobrecostos, los dolores de cabeza, las rabias y las pérdidas. Esa es la obligación no saldada que tiene el Estado con Bogotá, esa es la deuda social. Deuda que se repite en Cundinamarca, el Valle, Tolima y en toda Colombia.

La responsabilidad que asumieron los nuevos mandatarios es hacer lo posible, si no por pagar, por lo menos amortizar esa deuda con la sociedad. La transparencia no puede ser un discurso, sino una práctica para que los dineros públicos cumplan con su deber. Los ciudadanos deben permanecer atentos a cualquier asomo de corrupción para denunciarla,  frenarla, evitarla. La ciudadanía debe tener claro que la plata que se pierde es su propia plata. Que son sus recursos para mejorar la calidad de vida, para construir futuro para ella y sus descendientes.

El que cree que si el clientelismo le ayuda, se salva, está equivocado. El clientelismo es dañino sin contemplaciones. Lo que usted gana con la corrupción, lo pierden otros, eso descompone la sociedad y a la larga resultamos todos perdiendo. La corrupción no es un juego, es un sendero oscuro que lleva a la miseria, al subdesarrollo y la delincuencia.

domingo 29 de enero de 2012

Steve Jobs y el amor filial.




Carlos Ricardo
De mi abuelo materno, Don Jesús Ortega de la Parra Bustamante, heredé algunos tesoros literarios que sólo las generaciones anteriores podrían justipreciar: una bella edición de Las mil y una noches, traducción del árabe al castellano, primorosamente elaborada por Editorial Aguilar de México en 1960 y otra no menos especial de El Quijote, en dos grandes tomos de canto dorado, letras de tamaño pensionado, óleos y grabados de fina confección, editado por Montaner y Simón en Madrid, 1954.  Desde muy pequeño admiré esos libros que se exhibían en medio de otros no menos especiales, en las vitrinas que hacían el papel de biblioteca en la casa del abuelo. 
En mis primeros años de adolescencia, mi abuelo de nuevo, me regaló el primer libro de literatura del que tengo memoria: Ana Karenina, de Editorial Juventud, Madrid, 1965. Eran épocas en donde era importante quién editaba un libro y cuándo lo editaba, pues eso determinaba las propiedades físicas de esa edición: gramaje del papel, fuente, tinta, empastado, grafado, acabados y claro está, precio final y con los años, aprendí también que por ello se determinaba la duración del libro.
La llegada a la Universidad, me puso de cara a libros regularmente traducidos y peor editados con temas médicos: la Bioquímica de Harper, la Fisiología de Ganong y muchos otros textos de Interamericana, una editorial mexicana que hacía, no en balde, todos sus esfuerzos para lograr que sus libros duraran tan sólo un semestre y finalizaran con una rápida pérdida de hojas y con la portada en cartulina, completamente borrada y deshecha  por efecto de deambular por cafetería, salones de clase, laboratorios, cancha de fútbol, alcobas propias y ajenas y otros sitios que sería atrevido mencionar y que variaban en relación con la vida social del usuario del momento. 
Por las condiciones políticas de la época, irrumpieron en nuestras vidas los libros de detrás de la Cortina de hierro y de la Cortina de Bambú. Por mis manos pasaron textos de Guozi Shudian, la distribuidora de la China de Mao: libros muy bien editados, con colores vistosos, empezando por el Libro Rojo y que eran enviados a todo aquel que simplemente enviara una carta a la distribuidora. La llegada del paquete de libros era la oportunidad de recibir libros nuevecitos, con un olor peculiar, que algunos señalaban como de arroz, pues se suponía que eran impresos en papel hecho de ese material. También llegaban los libros rusos, de Editorial Mir( los científicos) y de Editorial Progreso (los políticos). 
Era común ver libros de marxismo, editados en muchos países: Albania, Corea de Norte, República Democrática Alemana, Hungría, Rumanía, Yugoslavia, Checoeslovaquia y al lado de ellos, la gran producción editorial de Argentina, México, España y otros países de habla española. 
Los libros tenían entonces y aun lo tienen, valor como compañeros de desvelos, compañeros de esperas o simplemente, compañeros. Y para muchos de nosotros, la posibilidad de ir a otra ciudad incluía la visita a las librerías, para buscar libros de los que no era posible tener ejemplares en Manizales. En mi caso, eran épocas de Teatro Universitario y alguna vez, en un arranque de intelectualidad pregunté en la Librería Atalaya, sobre libros de Bertolt Brecht. Don Jorge Escobar, dueño de la librería, se acomodó el corbatín y me dijo con su voz más sonora: " Yo no traigo libros de Brecht, porque en Manizales no hay quien lo comprenda" 
Muchas librerías proliferaron en la ciudad en los años 80 y 90 y de ellas pocas sobreviven:la Ley de la Oferta y la Demanda, la competencia de todos los tipos y los nuevos tiempos marcaron la senda de todas. Los libros, esos compañeros inseparables, empezaron a ceder espacio y tiempo a las nuevas tecnologías. Desde un pequeño local, Bill Gates y desde otro Steve Jobs, tenían entre manos el antecesor de lo que hoy tenemos entre manos: el computador personal. Y claro, aparecieron los nuevos conceptos: la virtualidad y su lógica consecuencia, los libros electrónicos. Solo debieron pasar unos cuantos años para que en los gadgets más comunes, todo el inconmensurable contenido de la obra de Cervantes pudiera ser vertido y transportado, sin los inconvenientes de llevar bajo el brazo los 5 kg de la edición de marras. 
Y con esa facilidad de distribución, aparecieron verdaderas multinacionales de la virtualidad, que hicieron del libro un archivo digital, que puede ser adquirido e instalado en un smartphone con pantalla de 4 pulgadas, un IPad, un Kindle o una de las más de 200 tablets que hoy están en el mercado o en un PC. 
Mucho se ha escrito sobre el tema y detractores y defensores siguen sin acuerdo: que el libro no puede desaparecer, que la multimedia supera los límites de lo aprendible, que nada se compara con la sensación de oler y tocar el libro, etc. 
Posiblemente todos tengan razón y mejor, estamos asistiendo al crecimiento de una nueva interfaz, que deberemos poner al lado de los pergaminos, los rollos con textos manuscritos, las pieles de animales con dibujos, los quipus y todas las modificaciones y evoluciones del invento de Gutenberg, hasta la cercana Web 3.0 y sus posteriores desarrollos. 
Tal vez el futuro nos encuentre leyendo hologramas que en 3D nos informen sobre los aconteceres, o nos hagan morir de amor con la perfección de un soneto interactivo... 
Pero mucha agua ha de correr bajo los puentes: mi hijo me narraba que en una reunión con sus amigos, posiblemente todos  yuppies post modernistas, discutían sobre el libro que recientemente salió al mercado con la biografía de Steve Jobs, un voluminoso ejemplar aceptablemente editado con tapa rústica. Luego de hablar de algunos de sus contenidos, consideraron su precio y alguno de los presentes disfrutó recalcando que el mencionado libro valía menos de la mitad, si se descargaba en el Kindle. Mi hijo le respondió que él tenía la biografía de Jobs y era especial y no se podía descargar en el Kindle. El interpelado terció y puso en duda lo asegurado por mi hijo, hasta que él aclaró la razón: "ese libro me lo regaló mi papá y trae dedicatoria. Eso no se descarga en el Kindle!"

domingo 22 de enero de 2012

El azar de la literatura

                                                                                                                                                 
                                         





  Los libros siempre tuvieron el poder de encontrarme, me limitaba a ponerme delante de los estantes de las libreras y dejaba vagar mi vista con la mente en blanco hasta que uno de ellos me encontraba, cuando eso sucedía me lo llevaba a casa y lo leía casi siempre con voracidad.

 Cada libro iba dejando un poso, un sedimento, que iba alimentando el azar para poder seguir siendo encontrada por ellos. El acto de leer siempre ha sido mágico, ni los años ni el número ingente de libros leídos han logrado quitarle esa magia.

  Al principio atesoraba libros, no solo los deglutía y los incorporaba a mi bagaje vital sino que los quería poseer, de tal modo que con el tiempo me vi con un material bibliográfico demasiado grande, para alguien como yo, que nunca me había ocupado  en serio de tener  casa propia inquilina impenitente, viajera y díscola como soy, decidí con muy buen criterio, hacer uso de las bibliotecas públicas y es en ese lugar donde en los últimos días he sido encontrada por una novela de Aglaja Veteranyi escritora rumana completamente desconocida para mi hasta ese momento, el libro se llama: por qué se cuece el niño en la polenta.

  Es la historia de una familia de artista de circo que huyen de la Rumanía de Nicolae Ceausescu, y su hermana le cuenta múltiples versiones del niño que se cuece en la polenta para que el miedo la mantenga ocupada y no piense en lo que es realmente terrorífico, que su madre se caiga y muera.
  Van de caravana en caravana, de hotel en hotel, la niña en cada lugar pone un trapito azul muy cerca de su almohada, es el mar, así siempre lo tiene cerca, cuando se va a dormir tapa el mar con el albornoz de flores de la madre para que no se la coman los tiburones.

  La niña poco a poco con un lenguaje que a primera vista pudiera resultar naíf, nos va adentrando en un universo  femenino donde están ella, su madre, su tía y su hermana solo de padre, que se volvió loca porque su padre la quiere como mujer, por eso su madre a ella nunca la deja sola.

  El va y viene y a veces la madre dice que es su hermana delante de otros hombres, en esos casos la madre huele como otra persona y ella no la deja dormir en su cama, la madre duerme en el suelo y ella sueña con miedo porque se olvida que ya no está en su tierra donde ni siquiera en sueños se puede pensar libremente “porque te pueden llevar a Siberia,” sabe que no puede tampoco gritar “no grito he tirado mi boca a la basura”.

  Relato lleno de imágenes, habla de la pobreza material de la que procede y de esa otra pobreza que mira con asombro en un Occidente donde son más importantes los perros que las persona, gente que tiene la ducha con el agua muy caliente y el corazón congelado.

  La figura paterna es un payaso, no es triste, es solo un payaso, todos los payasos son tristes, siempre lo sospeché.

  El circo tiene esa apariencia alegre donde parece que todos son una gran familia pero no es verdad, lo cierto es que bajo las carpas, en las jaulas de las fieras y en las caravanas se cuece como la polenta a muchos grados centígrados las penurias, la tristeza y la soledad, parece que la trapecista nunca va a caer, a veces sucede y se rompe el cuello, otras el león terminará arrancándole la cabeza  a la domadora, por eso la muerte es una invitada más a la mesa cada día, junto con los sueños de la tierra firme, de la casa grande y luminosa que nunca podrán llegar a comprar, entretanto la vajilla viaja en maletas y hay que reponerla cada dos por tres porque se rompe de tanto traqueteo.

  “Cuando el niño se murió, Dios lo coció en la polenta. Dios es un cocinero, vive dentro de la tierra y se come a los muertos. Con sus grandes dientes puede romper todos los ataúdes.”

  “Cuando cantamos siempre se me saltan las lágrimas. No aguanto la alegría”.

   Es un gusto para mi presentarles, a quienes no la conozcan, a esta escritora rumana que murió prematuramente, y nunca vio publicada su novela, actriz y escritora, quiso dejarnos antes de irse definitivamente la historia de su infancia y adolescencia en el circo y en el exilio, exquisita y originalmente escrita, con sabor a polenta cocida, humilde pero muy nutritiva.


JUANA SANTANA
                                                                 

Aglaja Veteranyi
Por qué se cuece el niño en la polenta
Ediciones lengua de trapo SL.2001
www.lenguadetrapo.com









ELLA FUE UNA CÓMPLICE SILENCIOSA







Ella fue una cómplice silenciosa. Amaba esos ojos tranquilos que escuchaban mis quimeras con paciencia y esa voz azucarada que, cuando me perdía el viento, recogía el hilo y me conectaba a la tierra. Ella, recorriendo los salones de clase de su carrera, en un mañana fría, recogió más de la mitad de las firmas que necesitaba para inscribir mi candidatura  a la representación estudiantil ante el Consejo Superior. Esos ingenieros, salvo que estuvieran tallados en roca, no podían negarse a la sosegada voz que les solicitaba una firma aun cuando esta tuviera como destino un desconocido.  Ella, con su escasa pericia informática, diseñó en una tarde, el rústico  plegable de campaña. Ella, con sus pequeños anteojos en la nariz, plasmó en el bond los bosquejos  que luego mutarían en  pancartas de campaña.

En esos días la busqué, ansioso, por todos los pasillos de la Universidad. Unas horas antes me había mencionado el salón en el que recibiría clase pero como era habitual, lo había olvidado. Me bastaba saber que estaba en uno de los rugosos edificios de la Universidad Nacional. Cuando la encontré, le conté, alborozado, que el viaje hacia Cartagena era un hecho. Habíamos logrado convencer al vicerrector de que suministrara al grupo de estudiantes que pretendíamos asistir al Congreso  Nacional Universitario, el transporte y unos magros auxilios. El evento era uno de los muchos intentos de convertir en organización una de nuestras utopías. Desde hacía muchos meses, en el estado de agitación en el que estaba el país,  las calles tenían la forma de un grito y nosotros esperábamos que las vigorosas hordas de las que hacíamos parte, tuvieran un punto de apoyo. Sin “aparatos”, como decíamos;  sin hegemonías ideológicas, y sin burocracias inanes.

Ella no parecía muy convencida, no le gustaba abandonar sus clases y no era amiga de viajes tan largos. Así que empleé  la persuasión  de la que, según mis compañeros, estaban cargadas mis peroratas de asamblea. Le hablé de la relevancia política del proyecto, de la importancia de los conferencistas, de la heterogeneidad de los asistentes. Le comuniqué, con un serio pero mesurado histrionismo,  que ese era un evento histórico y que no podíamos faltar; en primer lugar porque ambos éramos estudiantes de la universidad pública por antonomasia y porque, además, ella era la emisaria de los artistas y yo el representante de los estudiantes, argumentos triviales para  mi necesidad. Luego de media hora entendí, que de las dos únicas cosas que necesitaba convencerla era de las ya evidentes: que el congreso era muy importante para mí y que por fin  conoceríamos el mar. 

Para muchos hubiera resultado conveniente dejar a la novia en  casa, en esos eventos nunca se rendía honores a la castidad,  pero  no para mí; pocas cosas deseaba tanto como su compañía. Sin la posibilidad de consultar su opinión, luego de las intervenciones que corrían por mi cuenta,  me hubiera sentido como un marinero sin brújula. Ella tenía un juicio intuitivo que lograba separar, sin dificultad, la incontinencia  verbal de los argumentos llanos. Aun tratándose de asuntos políticos mi opaca racionalización del mundo era incompleta si no contaba con esa inteligencia sensitiva de la que disfrutaba ella.

Así que me sentí feliz de su asentimiento. La forma natural y respetuosa con la que ella adelantó los trámites necesarios para el viaje contrastaba con el tono agrio (observación de ella)  que me caracterizaba cuando algún funcionario nos generaba trabas. En adelante, nos lanzamos en una rápida venta de bonos de apoyo (un delgado separador en el que incluimos un pequeño poema de Raul Gómez Jattin),  labor en la que ella,  a diferencia de mí,  tenía un aceptable éxito. Alguno de los compañeros  del grupo consiguió dudosas cintas de las películas que aún estaban en cartelera en los teatros de la ciudad y con lo recaudado por su exhibición, más  la ejecución de otras inventivas de última hora, logramos recaudar los recursos necesarios.

El viaje fue  una epopeya. 25 estudiantes recluidos tras las latas oxidadas de un vehículo que parecía el modelo pionero, discurriendo por medio país. Yo estaba acostumbrado a ello, ella no. Por eso admiré el humor y la paciencia con que soportó las 35 horas de camino, las 3 estaciones obligatorias en mitad de carretera, la  polifonía musical de los pasajeros y  las numerosas sesiones de chistes procaces. Eso, y observarla dormir sobre mi hombro, me hicieron amarla más.

Salvo ese viaje, nunca logré hacerla partícipe de mis aventuras. Tal vez contribuyó a ello el mucho tiempo que les dedicaba en detrimento de mis compromisos académicos. Su topofilia, su vínculo afectivo en el campus, le correspondió al teatro. Muchas veces le dije que los activistas estudiantiles también escenificábamos una obra; como tramoyistas, intentábamos darle vuelta a una manivela y reescribir un renglón en nuestra pequeña historia. Ella me respondía, como en uno de los  cuentos de Octavio Paz,  que en cualquier caso el teatro le permitía no ser -como sucede en la vida inmediata- tan solo una mujer regida por las limitaciones propias de la especie, sino mil.

Jorge Hernán Arbeláez Pareja
Profesional en Gestión Cultural y Comunicativa